jueves, 29 de marzo de 2012

Lo que soy

Porque yo soy lo que escribo, lo que siento, lo que digo, lo que hago, lo que sueño... 
Porque soy muchas cosas y muchas personas y, si hoy estoy aquí, es por todas aquellas personas que, para bien o para mal, me han ido haciendo ser cómo soy. 
Cada paso del camino nos va puliendo, cada pierda, gota de lluvia, golpe de viento, etcétera, nos hace ser lo que somos actualmente.
Yo soy lo que soy, para bien o para mal, y no aceptarme a mi, implica no aceptar muchas cosas que me han hecho ser lo que soy.
(Ya sé que los poemas no son lo mio... y no es gran cosa, pero necesitaba sacar lo que sentía)


Lo que soy:


No soy quien tu esperabas,
ni todo lo que querrías.
Lamento si te sentiste decepcionada.


Solo puedo decir que estoy aquí,
y que no me voy a ir,


No puedo pedir disculpas,
porque no creo haber errado,
tan solo por ser yo.


Solo te diré; que no me rendiré,
que aún me queda mucho que decir.


No soy lo que tu te empeñas en ver,
y no he formado parte de tu plan,
tengo uno propio que me gusta más.


Solo sé ser yo, no me voy a esconder,
ni a falsear lo que pienso, por ti.


No, jamás me disculparé,
por no cumplir con tus expectativas,
ni necesito tu absolución.


Solo diré que, a pesar de todo,
me enorgullezco, por ti, de lo que soy.



Dejo aquí una cancioncilla que viene al pelo de lo que quiero expresar, quizá mejor que mi poema.









martes, 28 de febrero de 2012

Ataque del Tiempo

Sintió una caricia en su nuca. Una mano fría, con dedos delgados la hacían estremecer. Se giró asustada, pero en su habitación oscura no había nadie. Volvió la cabeza de nuevo a sus apuntes, convenciéndose de que había sido su propia imaginación.
De nuevo lo sintió, esta vez más fuerte, eran como unas largas uñas que arañaban allí por donde pasaban, en este caso era su brazo, se miró y se sorprendió al ver cuatro señales de uñas enrojecidas en su piel. No podía ser parte de su imaginación: el dolor era real y el enrojecimiento también. Sin darse cuenta estaba en la pared opuesta de la habitación con la luz encendida, estaba segura de que no había sido su hermano bromeando o su perro, aquello era diferente. Temerosa, se quedó allí, en la pared, esperando atentamente a que un nuevo ataque le diese la oportunidad de conocer contra qué se estaba enfrentando.
Un frío la invadió por detrás y sintió unos brazos fríos, delgados e invisibles la abrazaban fuertemente, intentó zafarse pero, no sabía si por miedo o por la fuerza de aquel ser invisible, no podía. Un susurro surcó su oído y penetró hasta su mente con una fría punzada. "Saaaaara….” Oyó a la par que el dolor la hacía estremecerse
-¿Quién eres?- Preguntó Sara
-Soy quien tanto deseabas que te visitara, a quien tanto has llamado para deshacerte de todo lo que te ata a eso que llamáis “pasado”…
-No lo entiendo.- Aunque le dolía la cabeza cada vez que aquel ser le susurraba tan martirizantemente en el oído, no podía evitar querer hacerle hablar, quería saber qué o quién era.
El ser se rió estrepitosamente, haciendo que Sara vibrase y que martillease la risa en su cabeza.
-Cuidado con lo que deseas… -Dijo en tono de burla.- Los humanos, siempre igual, no sabéis lo que queréis, habláis más de la cuenta y desperdiciáis vuestros minutos. Yo, tengo que verlo, siempre acompañándoos y acariciando vuestros preciados segundos desaprovechados que yo no podré utilizar. Me presentaré: soy el Monstruo del Tiempo, así me llaman, y vengo a castigarte.
-¿Qué hice?
-Desear.-Dijo mientras sus brazos huesudos y helados, la abrazaban cada vez con más fuerza y sus uñas iban recorriendo su piel.
Sara no podía evitar el doblarse de dolor al notar sus uñas clavándose cada vez más profundo en su piel, a la vez que el frío helador que transmitía le dejaba los miembros entumecidos. Pero, lo que definitivamente la hizo soltar un pequeño grito ahogado de dolor fue aquella voz, que cada vez profundizaba más, en su cabeza, parecía que iba a estallar de un momento a otro, cuando él dijo:
-Tus deseos serán cumplidos, con ello tendrás mi castigo y yo me llevaré tus preciados recuerdos y momentos.
En ese momento ella visualizó todas las noches de angustia y llantos, desando olvidar, deseando que el tiempo pasara y que aquel amor, aquellos momentos de felicidad completa o aquellos besos y caricias desaparecieran de su cabeza y la dejase volver a ser feliz. Esos días y esas noches, en las que cada recuerdo la hacía llorar desconsoladamente, había deseado olvidar, sacarle por completo de su cabeza, a él, su amor y todos aquellos momentos, esos que dicen que el tiempo acaba borrando.
Cuando vio todas estas imágenes desfilar por su cabeza, imágenes de sí misma, el dolor fue insoportable, incluso creyó que se desmayaría, pero el Monstruo del Tiempo no la dejaba caer, no la dejaba evadirse, quería que comprendiese su castigo y así fue.
-¡No! No me quites mis recuerdos, no quiero, ya no… -
-Tarde… - Dijo el Monstruo del Tiempo mientras dejaba que sus uñas arañaran el cuerpo de ella por distintas zonas, rasgando su piel.- Suelo ser muy paciente y respetuoso con vosotros, los mortales, pero… Tú me has cansado y he de decir que os envidio, por lo que encontraré placer en destruirte.
Entonces, ella se dio cuenta de que el Monstruo del Tiempo se había materializado, vio aquellas manos enormes, que hasta ahora solo había sentido, con unas uñas afiladas que la arañaban el cuerpo y que la obligaban a estar pegada a él, dándole la espalda, de modo que no pudo verle la cara, pero sentía su aliento en el cuello.
Poco a poco, comenzó a olvidar que una vez lloró y rió por amor, al darse cuenta gritó:
-¡NO! ¡He reflexionado, no quiero deshacerme de los recuerdos, es lo único que me queda, me ayuda a saber quién soy!
-Bueno… Por desgracia para ti, has llegado tarde.- Dijo de nuevo el monstruo, musicalmente.
Sara comenzó, sin darse cuenta ya, a olvidar cosas de su pasado, tantas que cuando el monstruo acabó le había robado media vida, pero ella ya no lo sabía, ya no se daba cuenta, porque su memoria había sido reducida al mínimo, debía dar gracias si sabía cómo se llamaba.
Cuando el monstruo acabó, la había rasgado todo el cuerpo. Sara, que al principio había intentado resistirse, luego se fue abandonando a su suerte. Las manos del Monstruo del Tiempo habían recorrido todo el cuerpo de Sara, dejándola llena de arañazos y con la ropa hecha trizas. Al soltarla, Sara calló al suelo, inerte, pero utilizó sus últimas fuerzas para mirar hacia arriba; tenía que verle.
El Monstruo del Tiempo, así le llamaban, era de un color gris plateado, con un cuerpo delgado, casi raquítico, en el que se marcaban unos músculos que tenían más fuerza de la que aparentaban, sus manos eran desproporcionadamente grandes y sus uñas, afiladas como cuchillas, tenían forma curva, como las de los gatos. No llevaba ropa, aunque tampoco la necesitaba, ya que no tenía sexo alguno y sus piernas acababan en dos grandes pezuñas. Su cara era afilada, tenía nariz de serpiente y ojos de tiburón, las orejas puntiagudas y dobladas y, en la parte más alta de la cabeza, tenía unas protuberancias en forma de pico. Pero, lo más llamativo era su boca: pequeñas y cosida en los laterales, dejando solo la parte del medio para articular los sonidos.

Él, se quedó mirándola mientras ella, desde el suelo, le miró durante unos segundos antes de perder el conocimiento. Ya con los ojos cerrados, pero aún consciente oyó como él decía:
-Mi poder es el olvido, ese que tanto me pediste y con el que hoy te he castigado. No supiste valorar todos aquellos momentos, no comprendiste lo afortunada que eras por tener todos aquellos recuerdos que hacían verdad lo inverosímil y, como consecuencia, le quitaste valor a todo lo vivido… Yo, que estoy condenado a hacer que las horas y los días se sucedan, y que solo puedo aspirar a llevarme algunos momentos menospreciados que me mantienen con vida, jamás podré vivir como vosotros, pero vuestra existencia me complementa. Sin embargo, has despertado mi ira, y por ello te he arrebatado en minutos lo que debería haberme llevado años. Lo único que no podrás olvidar jamás será a mi
Al día siguiente Sara despertó en su cama, todo había sido una horrible pesadilla, suspiró aliviada. Pero, cuando fue al baño encontró que su reflejo había cambiado, ya no era la chica joven y guapa que solía ver. Ahora estaba llena de arrugas y tenía el pelo casi totalmente blanco. “No había sido un sueño…” Se dijo así misma y, de manera casi instantánea, comprobó que muchas partes de su memoria estaban vacías, como cuando sabes que sucedió algo pero no recuerdas exactamente qué. Por mucho que se esforzaba no era capaz de recordar el día que le conoció, o cómo. Sabía que había amado alguna vez, pero no recordaba lo que se sentía... nada; era más una intuición que un recuerdo.
Se angustió cada vez más, al intentar recordar otros fragmentos de su vida que quedaban en un vacío horrible. La mitad de su existencia había sido borrada.
Un grito angustioso llenó toda su casa, sus padres subieron corriendo a su cuarto y al ver su aspecto se asustaron, no podía explicar lo sucedido y las lagunas en su mente eran cada vez mayores.
Sara reside actualmente en un manicomio, ya solo recuerda su nombre.

jueves, 12 de enero de 2012

Esfinge de los sueños

La habitación estaba a oscuras, la luz de las farolas de la calle se filtraba por la ventana abierta y se movía al son de la cortina, balanceándose, haciendo juegos lumínicos.
El calor y el desorden llenaban aquella pequeña habitación. El escritorio estaba repleto de libros, tabaco de liar, papeles, sellos, plumas... En el suelo de la habitación reinaba la anarquía de ropa, zapatos y dos guitarras abandonadas y las paredes estaban repletas de fotografías y dibujos sembrados al azar. En la cama, deshecha, se encontraban Alberto y Ángela abrazados, con los cuerpos aún sudorosos y la respiración descompasada. 


Alberto se arrastró cansadamente hasta la mesa, cogió el tabaco y el papel y volvió con un cigarro encendido a la cama. Mientras, ella había aprovechado para invadir toda la cama.
Se sentó en un hueco que quedaba a los pies de la cama y Ángela le miraba, tumbada de lado. Él le acercó el cigarro a los labios y, con ternura, se lo sujetó mientras ella le daba una larga calada.
-Ven, túmbate conmigo.- Dijo mientras expulsaba el humo suavemente. 
Obedeciendo, Alberto acercó el cenicero a la cama y se tumbó boca arriba al lado de ella. Ángela aprovechó para colocar la cabeza en su almohada favorita: un hueco entre el hombro y el pectoral de él, quedando el brazo de él irremediablemente atrapado por ella y ella de lado.
Así estuvieron mucho rato, fumando y hablando de cuando en cuando. El resto del tiempo lo único que se oía era el ruido lejano de los coches, el aspirar y soltar el humo del tabaco y la brisa del aire fresco de una noche de finales de Agosto.


-Abrázame.- Le pidió ella, alzando la vista para poder mirarle desde su posición.


Él la miró y vio en sus ojos que lo decía en serio, así que pasó el brazo que le quedaba libre hasta agarrarla de la cintura, mientras con el otro (que quedaba sepultado por su larga cabellera hasta el codo) la apretó contra sí dulcemente. Ángela, aún acoplada en aquel hueco del hombro, se limitó a cerrar los ojos y dejarse abrazar dulce y fuertemente.


-Abrázame toda la noche... Aunque no me quieras, aun que sea mentira...- Dijo casi en un susurro.


Alberto buscó su rostro con la mirada mientras le apartaba el pelo de la cara, que le molestaba para ver su expresión. Se la veía tan pequeña ahí: apoyada en su pecho y con sus dos brazos cubriendo casi la mitad de su cuerpo. 
Aquellos ojos le miraban, no con ternura, ni con miedo, ni con amor, ni con deseo, sino de una manera distinta, una mezcla entre alegría y desesperación. No sabía entender esa mirada, pero la sabía localizar porque solo ella tenía aquel sentimiento extraño fundido en su pupila. Esa mirada, que ella le regalaba, decía sin decir nada. La apretó mas fuerte contra su cuerpo, sintiéndola cada vez más pequeña entre sus enormes brazos, la besó la cabeza y esperó pacientemente hasta que su respiración se acompasó, haciéndole saber que estaba dormida profundamente.
Podía oír el latir de su corazón acompasado, lo que le daba una tranquilidad sospechosa. 
Aquellos ojos de esfinge, que le tenían preso sin tenerle, se encontraban ahora en un mundo distinto y ella era como un hada de los sueños, temblaba, murmuraba e, incluso, sonreía. Él se divertía mirándola dormir, velando sus, a veces, ajetreados sueños. "Pobre criatura, como los seres mitológicos te adoro y te admiro solo por el hecho de que no te entiendo" pensó Alberto y acto seguido, se unió a los sueños de su duende.

lunes, 9 de enero de 2012

Mi mundo

Empezando el año con algo viejo, os pongo aquí un texto que ya fue publicado en su momento y gustó bastante... Ahora, una parte de él será publicado también en un marca paginas diseñado por mi amiga Mamen. 
Espero que tenga la misma buena acogida que tuvo hace unos meses en ámbitos más cerrados:


Reté con la mirada a mi reflejo y algo dentro de mí gritó "¡Ven!". Seguí aquel impulso y me acerqué más al espejo, la llamada cada vez era más fuerte y ya estábamos mi reflejo y yo nariz con nariz cuando me pareció ver un guiño en esos ojos, reflejo de los míos, y una media sonrisa. Cerré fuertemente aquellos ojos que sí me pertenecían esperando el choque con el espejo mientras daba un paso más, como hipnotizada.
Cuando los abrí ya no estaba en mi habitación frente a aquel gran espejo, sino que estaba en un paraje llano, muerto y gris en el que lo único que había era un gran lago plateado. Miré a mi alrededor mientras mi propia situación me hacia sonreír por recordarme irónicamente a la de Alicia.
Apareció ante mí una pequeña mesita de cristal y, sobre ella, un cuaderno y una pluma grabados con mi nombre. Miré de nuevo a mi alrededor pensando que realmente era un sueño que merecía ser escrito.
Por fin, decidí coger la pluma y el  cuaderno, si algo había leído de las novelas de fantasía era que las cosas que aparecen por arte de magia con tu nombre escrito en ellas, sobre todo cuando te hallas en una mundo desconocido, suelen ser útiles y defensivas pero... ¿Cómo me iba a defender con una pluma y un cuaderno?
Abrí el cuaderno con la esperanza ilusa de que saliese de él un mago que me diera indicaciones o algo parecido. Por supuesto eso no sucedió, así que cogí la pluma, me senté en aquél suelo frío y comencé a escribir lo primero que se me ocurría, casi todo era del tipo: "¿Qué hago aquí?, Hace cinco minutos estaba en mi habitación, ¿Esto es un sueño?”, etc.
Miré hacia arriba y me di cuenta de que mientras estaba absorta en mi escritura el paisaje había cambiado: volvía a estar en mi habitación. Cerré el cuaderno con la intención de salir corriendo escaleras abajo y cerciorarme de que había vuelto a casa, cuando todo aquello se volvió a desvanecer justo al tiempo que el cuaderno se cerraba y, de nuevo, estaba en aquel mundo extraño, desolado y gris, con su lago y sin nada de vegetación, ni una sola forma de vida o pruebas de la existencia de la misma.
Entonces lo entendí, lo entendí todo, incluso aquella sonrisa irónica en mi reflejo antes de traspasar el espejo. Todo lo que yo escribía se materializaba como una realidad mientras el cuaderno se mantuviese abierto.
Para comprobar mí teoría decidí diseñar, a base de palabras, letras, juegos y descripciones detalladas, un ser irreal, terrible, un monstruo inexistente y allí apareció; frente a mí... Respirando, moviéndose como si fuera real, de hecho, era real.
De repente no podía imaginar mejor arma, mejor instrumento, que ese insignificante cuaderno y esa pequeña pluma. Podría tener cualquier cosa, y noté en mi cara aquella sonrisa maliciosa, la que antes tenía mi reflejo, al darme cuenta de que me había metido en MI mundo. Aquel paisaje gris y muerto estaba, cual página en blanco, esperando la vida que le diera mi pluma.
Mi cabeza se plagó de ideas: Llenaría aquel espacio con mis ideas, crearía mi propio mundo, escribiría mis aventuras, elegiría mis batallas, pintaría mis paisajes con mi escritura, diseñaría mis armas y inventaría minuciosamente a mis compañeros de aventuras. Cuanto más detallada era la descripción, cuanto más rico en detalles y más literario era el texto mejor se vería en la realidad, en MI realidad.
Mi sonrisa era cada vez mayor, casi no me cabía en la cara y me invadía un nerviosismo que rozaba con la locura.
Avancé por el lugar, pensando cómo empezar, ya que no me habían dado un lápiz sino una pluma, debía elegir bien qué poner y cómo ponerlo. Dejé el lago atrás y me senté en el suelo con una risa histérica. Comencé a crear mi mundo, mi realidad.
Mientras creaba el paisaje por el que transcurrirían mis aventuras, una duda surcó mi mente y tras ella, fueron más: ¿Cuánto tiempo estaría allí? ¿Y si luego no podía salir? ¿Debería dedicarme a buscar cómo salir en vez de ponerme a escribir un mundo sobre el que caminar?
Sacudí mi cabeza, dejando esas preguntas a un lado, “ya tendría tiempo de preocuparme por eso” y, en seguida, volví mis ojos y mi pluma al papel, ansiosa por crear y sabiendo que en cuanto me cansara siempre podría cerrar el cuaderno y empezar una nueva historia.
Una última pregunta que se había quedado rezagada: ¿Cuántas páginas tiene el cuaderno? Aunque la pregunta era importante, no me inmutó, la deseché sin prestarle atención... Ya estaba hipnotizada en mi escritura, ya no había vuelta atrás.



martes, 20 de diciembre de 2011

La carta que nunca te envié

Sé que hace poco que publiqué, pero con motivo de estas fechas tan señaladas, en las que afloran sentimientos olvidados, en mi mente también despertó el recuerdo de una carta.
Una carta que me aprendí de memoria y cuyo destinatario jamás recibió...
Esta carta fue escrita allá por el 2006, aquí os la pongo prácticamente igual que como la conservo en el papel:




Me gustaría escribir lo mucho que te quiero, añoro o espero. Pero no es así como lo siento ¿o tal vez si? 
Ya no sé lo que pienso de ti. Solo sé que para mi significas mucho y que no me convienes, no eres de fiar. Pero, cada vez que te miro, comprendo lo distinta que sería mi vida si tú no hubieras existido.

Siento que algo en mi mente resbala, muere, se acaba. Necesito vaciar mi mente de sentimientos, hay tantos que se nublan unos a otros.
No sé si quiero hablar de ti o de mi y, aunque quiero, soy incapaz de escribir lo mucho que te quiero, añoro o espero, porque no es así como lo siento ¿o quizás si?
Tampoco quiero decir algo malo sobre ti, ya que no es así como lo siento. En cuanto a mi… es absurdo escribirte (precisamente a ti) algo sobre mi, o por lo menos eso quiero creer.
A veces siento que me miras…Sé que es una sensación que, con el tiempo, acabará desapareciendo, pero nada volverá a ser igual.
Te mentí, te sigo mintiendo y, aunque no quiero seguir con esto, sé que el demonio que llevo en mí volverá a vencer y nunca sabré si soy buena o mala, si fuiste tu la mala compañía o lo fui yo, si lo que siento es amor u odio. No entiendo este juego, será porque no quiero admitir la soledad…
No sé que será de mi, ni de ti. A veces quisiera viajar al futuro, un solo un segundo, para saber como acabaré yo, como acabaras tú y todos los demás.
No sé lo que quiero, estoy confusa y nadando entre dudas. Mi pluma empaña este papel con cosas incongruentes, jamás habrá un medicamento que cure mi enfermedad.
Quisiera salir de mi cuerpo, poder ver el mundo desde tu mente para entender todo lo que ahora me resulta tan incomprensible.

Sé que te gustaría leer en este papel lo mucho que te quiero, añoro o espero. Pero… no lo siento así ¿o quizás si?

domingo, 11 de diciembre de 2011

Delirios de pasión

Musas:


Una mano fría recorre su espalda desnuda y un placer inexplicable la invade haciéndola estremecer. Se da la vuelta y se lo encuentra de frente, a unos centímetros de su cara. Su intención prematura de darle un bofetón había desaparecido con esa caricia, nadie sabía tocarla como él lo hacía, todo desaparecía cuando él la tocaba y él lo sabía.

Le agarró de la camisa y en un segundo acortaron la poca distancia que les separaba y se besaron apasionadamente. Ella comienza a mordisquearle el cuello mientras le desabrocha la camisa, él se deja hacer mientras suspira, pero pronto la responde y comienzan a  seducirse y desnudarse entre ellos con miradas, besos y caricias suaves, hasta adentrarse en una lujuriosa batalla, en la que combaten con distintas formas de besar, tocar, morder o chupar en las que la brutalidad y la delicadeza se van combinando en sus movimientos y respiración.

Viviendo uno del otro, como alimentándose, nutriéndose y respirando cada uno a través del otro y al revés, incansablemente y cada vez con más sed, más hambre y más agonía. Es tal la avaricia que alguien que les viese pensaría que están fusionándose entre ellos, creando un ser con dos espaldas y ocho miembros que se retuercen y entrelazan hasta confundirse, en una escena de amor infinita, en un sexo interminable, en un matrimonio irrompible.





Danza sublime:

Él crea y destruye, despedaza y reconstruye, en un periquete. El es el amo y es esclavo. Es nada y es todo.
Mira sin mirar, viéndolo todo sin mostrar sentimiento alguno por lo que ve, siempre hermético.
Sus palabras son como brazos que, en un arrebato de ira, se estiraran hacia delante con el puño cerrado para acabar estampadas en mi cara, en lo más profundo de mi cabeza, duele y callo. No tiene piedad en sus golpes. Nunca cede, nunca se disculpa, nunca mira atrás.
De nuevo siento su fuerza. Me agarra con su brazo atrayéndome hacia él, con agresividad y ternura, nos fundimos en un beso cálido y de nuevo caigo en sus brazos. Esta vez me hace enloquecer con sus caricias que combinan ternura y pasión. Sus labios y su voz me atrapan, es dueño de mis ojos. Conoce mi cuerpo y lo recorre con soltura; sabe cómo hacerme estremecer.
Es un tira y afloja: Él engañando con la mirada y matando por los labios, de mil maneras distintas. Se divierte exasperándome, para luego hacerme olvidar otra vez con besos y caricias, es un juego cruel en el que yo me revelo diciendo “La ultima vez”, pero vuelvo a caer, una y otra vez.
Acaricia suave, besa con fuerza, es certero en sus disparos y conoce mis movimientos, me taladra en lo más profundo del cerebro con su mirada profunda mientras me hace estremecer.
Atrapada en una red, de la que no puedo salir, por que él me convence de que no quiero hacerlo en cuanto estoy en la puerta.
Como una danza loca y sublime, yo corriendo lejos, él alcanzándome: me atrae hacia sí, yo caigo, me sostiene y me tira lejos, me maltrata para curarme después, llenándome de saliva y caricias. 
Vuelvo a él, siempre vuelvo. Creo que no me mira, pero ya me ha visto y está de nuevo aquí.