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lunes, 19 de noviembre de 2018

Experiencias pintorescas en el Metro de Madrid I

Conversaciones telefónicas

(Ella)-¡Hola!
(Él)-Hola guapa ¿qué haces?
(Ella)-Nada, aquí, volviendo a casa...
(Él)-Yo también, va el metro lleno de gente… perdona si hay mucho ruido.
(Ella)-… y ¿cómo es que me llamas? No sabía ni que tuvieses mi número
(Él)-Estaba pensando… si te apetecería comer mañana conmigo… podría pasarme por Marqués de Vadillo sobre las 14.00
(Ella)-Claro, ¡me encantaría!
(Él)-Bueno, entonces nos vemos mañana ¿no?
(Ella)-Claro, si quieres te aviso cuando salga del trabajo.
(Él)-Un beso, hasta luego
(Ella)-¡Chao!

Ambos cuelgan el teléfono.
Ella, sentada al fondo del vagón, sonríe y mira al suelo ruborizada. Un par de metros más allá (en el mismo vagón), a él, de pie, se le escapa también una sonrisa de satisfacción y se baja en la siguiente estación sin mirar atrás.
Ninguno de los dos es consciente de que yo he estado en el medio escuchando sus conversaciones que, para mí, tenía total sentido entre ellos. 
Yo también sonrío, divertida, por suerte llevaba mi libreta a mano.


Reflejo perdido

Levanté la vista de mi móvil, aún me quedaban cinco paradas para llegar a Moncloa. Reviso a mi alrededor: un montón de caras anodinas -algunas leyendo un libro, la mayoría con el móvil, otros mirando al horizonte, otros interactuando con sus acompañantes…- Voy posando mi mirada en cada uno de ellos, brevemente, en algunos me detengo un poco más, distrayéndome con mis reflexiones: “pedazo de barba”, “oh! Qué bonita falda”, “¡que mona es esa odiosa pareja de enamorados!”, etc. Cuando tengo bien exprimido todo el vagón, mi vista pasa de refilón por mi reflejo, buscándome de una forma inconsciente, casi automática, pero, en vez de eso… ¿Otra cara se refleja en el cristal? Vuelvo a mirar. Sí, es otra cara. Intentando no parecer paranoica, me concentro en revisar sus rasgos: no se parece en nada a la visión que yo tengo de mí misma. Se trata de una mujer rubia, pelo liso, cara redonda, nariz achatada que me mira también fijamente… Tardo unos segundos en darme cuenta de que se trata de la mujer que va a mi lado. Lo compruebo: la miro intentando ser sutíl y comparo lo que veo con el reflejo que tengo en frente.
“Si ahí está ella… ¿dónde estoy yo?” pienso y, calculando el ángulo de reflexión, fijo mi vista unos centímetros más a la izquierda de mí: tras la persona que va frente a la persona de mi izquierda: “no, ese señor tampoco se parece a mí, en absoluto…” me digo mientras observo metódicamente a un señor que va absorto en un pequeño libro ajado, con un traje marrón muy sobado y al que le asoma la coronilla.
>Próxima estación: Moncloa<
Bajo obnubilada por mis pensamientos, pero tan pronto como estoy en el andén miro a mi derecha, donde ya se mueven las ventanas del vagón. “Joder, por fin, ¡ahí estás! Te eché de menos reflejo, nadie se parece a nostras como nosotras.”


miércoles, 17 de octubre de 2018

Ahora que tú ya no estás

Rozar otras pieles, besar otros labios, perderme en otras fragancias, que ya no son las tuyas… Para así anestesiar el alma, cansada de sentir este dolor que me oprime el pecho. Buscándome en otros ojos, que ya no son los tuyos, tratando de encontrar algo que llene este vacío que dejaste en mi interior.

Camino por la calle, buscándote en cada marquesina, recreándome en cada recuerdo, intentando volver a sentirte de esa manera… mientras que, a la vez, otros brazos me alejan de lo que fuimos, de lo que pudimos ser y me acercan a la realidad de que ya no estás aquí, a ese “pero” que nos separó.

Voy, poco a poco, desgajando los pedazos que quedan de ti en mí, admirándolos y guardándolos cuidadosamente, por si alguna vez pudiera volver a ellos y, quedándome partida en porciones, como un puzle deshecho… intentando rellenar esos huecos con lo que puedo, temporalmente, hasta que pueda llenarlos por mí misma.

Quisiera volver al pasado, pero ¿quién puede? Volver a esos ojos, esos momentos, esas sonrisas, esas caricias, cuando solo éramos tú y yo… Pero solo queda el presente y la certeza de un mañana incierto, en el que lo único seguro es que tú no volverás a despertar a mi lado.

martes, 1 de agosto de 2017

El fugitivo

Podía ver parcialmente a través de la telita verde que cubría mi cara: Unas caras arrugadas y antiguas se cernían sobre mí, enmarcadas por la toca blanca. Las sentía lavar la herida, toquetear los miembros y pinchar el contorno de la herida, mientras comentaban entre ellas mi estado y me hacían algunas preguntas a las que yo contestaba de forma automática, intentando no pensar en el dolor, apretando con ambas manos las barandillas de los de la cama. El doctor guiaba aquella procesión de caras y manos. “Aguanta, chaval, ponemos unos cuantos puntos y ya” dijo y, tras lo dicho, hizo lo propio.
Un dolor punzante hizo que se me arqueara la espalda y me agarrase más fuerte a las barandillas. Los sonidos llegaban amortiguados a mi cerebro y mi vista se emborronó más. Antes de darme tiempo a reanimarme se repitió la punzada, ahora era menos consciente del dolor y más consciente de la sensación de taladro en el hueso, tanto que daba hasta dentera. En la tercera punzada intenté erguirme, pero aquellas momias de madera me sujetaron contra la camilla. En la cuarta perdí el conocimiento parcialmente y con él la cuenta.
Aquel proceso lacerante que había durado apenas unos segundos, se prolongó por, al menos, unos cuantos más: Las punzadas eran rápidas, certeras y  extremadamente dolorosas. Yo me intentaba zafar de aquellas rugosas manos, intuitivamente; intentaba escapar del dolor a pesar de que ello significase la muerte.
Cuando acabaron de coser, y las momias enjugaron la zona con unos algodones húmedos que escocieron sobre el musculo adormilado, una sensación de hormigueo me recorrió la espina dorsal. Cuando consideraron que estaba suficientemente limpio, se esmeraron en taparlo bien y entonces, y solo cuando estuvo bien tapado, una de las momias retiró el trapo verde semitransparente que solo dejaba mi herida al descubierto, y pude ver toda su dentadura mientras decía “Ya está ¿a que no ha sido para tanto?” A mi solo se me ocurrían respuestas ofensivas así que, con las pocas fuerzas que me quedaban asentí y, por fin, relajé los músculos, mientras otra de las mujeres de madera me insertaba una vía con alguna clase de opiáceo.

Cuando desperté, inconscientemente, mi mano fue a la herida: picaba, seguía dolorida y con aquella sensación de hormigueo. Me levanté de la cama y, tras recoger mis cosas, salí de aquel edificio aún atontado por el dolor y la morfina; debía seguir mi rumbo.

jueves, 18 de agosto de 2016

Entretecho

Nunca se había fijado en aquel agujero del techo hasta aquel día en que, agotada, miró hacia arriba intentando estirar el cuello.

Llevaba tres años trabajando en aquella oficina situada en el centro de la ciudad, en uno de esos rascacielos llenos de oficinas. Desde las ventanas se podían ver todas las azoteas y el skyline de la ciudad, incluso una nube continua de polución alrededor de ellos.

Se desperezó en su asiento, estirando los brazos y la espalda lo máximo posible; agarrotada de mantener la misma postura durante horas. Fue cuando echó la cabeza hacia atrás para liberar las cervicales cuando vio que, en uno de los paneles del falso techo, justo encima de ella, había  una roncha marrón de alguna gotera y en una esquina de la misma un desconchón de, más o menos, un par de palmos. A través del pladur roto se podían ver cables y tuberías llenas de polvo y telas de araña, aparte de eso, todo era oscuridad.
Le sorprendió no haberse fijado hasta ahora en aquel agujero ¿cuándo habrían tenido goteras allí? Se sumió en sus pensamientos mirándolo hasta que su compañera de enfrente la sacó de su ensimismamiento para pedirle unos artículos por encima de la pantalla de cristal que las separaba.

Aquellas ensoñaciones mirando el agujero se repitieron en los días posteriores: en sus ratos de desconexión, mientras hacía sus estiramientos, apoyaba la cabeza sobre el respaldo y se distraía mirando aquel hueco. Se dejaba llevar por diversos pensamientos y divagaciones, se sumía en un pequeño sopor, reflexionaba sobre su vida,  se evadía en su mundo interior... Aquella gotera se convirtió en su “Babia” particular y su escape de la rutina.
Poco a poco, aquellos momentos de distracción, se hicieron más largos y más constantes. Muchas veces solo la lograba sacar de su ensimismamiento el golpe seco que daba en la mesa su compañera de enfrente con la carpeta, y que venía acompañado de alguna frase del tipo “¡despierta!” o “¿en qué piensas tan concentrada?”

Aquellas últimas semanas fueron muy atareadas en la oficina y no pudo relajarse mirando el polvo y las telarañas que poblaban la tubería sobre su cabeza. Echaba de menos aquel rincón oscuro en el que huía de todo. A veces, incluso, imaginaba que escapaba por allí y llegaba hasta la azotea, donde encontraba otro mundo.
Uno de aquellos días de estrés, en una rápida ojeada que echó, le pareció ver algo que se movía dentro. Como quien ve una sombra, volvió a mirar para cerciorarse de lo que había visto, y se quedó atenta observando; algo se movía en la oscuridad, pero no pudo entretenerse porque su compañera ya la estaba acechando con unos documentos. Aquel día se permitió echar pequeñas miradas al techo y en una de ellas creyó ver unos ojos que la observaban desde la entre las sombras.

Durante toda la semana, intentó aprovechar todos los huecos ociosos en los que poder alzar la cabeza para echar un vistazo y un par de días llegó temprano a la oficina para subirse a su silla e inspeccionar más de cerca, con lo que lo único que consiguió fue estornudar con el polvo y mancharse las manos.

Se le acumulaba el trabajo. Tenía poco tiempo libre, se pasaba el día en la oficina, cuando salía se llevaba cosas para adelantar en casa y dormía poco, pero seguían acumulándose las tareas. Mientras tanto, aquella presencia en el techo se fue haciendo más evidente: oía arañazos y gruñidos sobre su cabeza, miraba hacia arriba y veía algo moverse de acá para allá a través de las tuberías. Sabía que no era una rata, a pesar de que no había llegado a ver exactamente qué era, parecía más grande y no tenía la cola larga. Probablemente aquel agujero era su guarida. Probó a dejar pequeños trozos de comida sobre la mesa al irse y por la mañana aparecían mordisqueados o solo migajas. Gracias a eso, un día que tuvo que quedarse hasta tarde en la oficina terminando unos trámites, el animalillo se tomó la libertad de salir de su guarida en busca de su nueva amiga. Aunque esquivo, se dejó observar, y ella se dio cuenta de que era la primera vez que veía esa especie que, por sacarle parecido a algo, se asemejaba a un mapache. Consiguió darle de comer en la mano, parecía que el animal se sentía un poco solo.

A partir de entonces, dejó de importarle la montaña de carpetas acumuladas en su escritorio. Jugaba con el animalillo cuando todos se habían ido y él había ido cogiendo confianza suficiente como para bajar a hurtadillas hasta su mesa y acurrucarse en sus muslos mientras ella estaba en el escritorio trabajando, la arañaba las piernas y le mordisqueaba los dedos para que jugase con ella durante las horas de trabajo, pero se escondía en cuanto oía pasos cercanos, volvía a su escondrijo cada vez que el jefe venía a pedirla explicaciones sobre el trabajo retrasado, etc. Siempre, cuando se iba, el animal la instaba a que subiese a su guarida con él, parecía que no quería quedarse solo de nuevo. Intentó encontrar en internet de que especie se trataba, pero no encontraba nada que se le pareciese. Cuando el animal no podía bajar a estar con ella, ella le oía llamarla con quejiditos y se asomaba a mirarla.

La ultima vez que su jefe se acercó a su mesa fue para gritarla: ya había recibido suficientes avisos, tendría que tener el trabajo acabado para mañana. Ella simplemente agachó la cabeza. Se quedó, con la idea de acabarlo durante la noche, en la oficina. Todo el mundo se había ido ya y el animalillo bajó con la intención de jugar, ya que no le había hecho caso en todo el día. Todo estaba silencioso y oscuro, solo se oía el teclear de su ordenador y la única luz era la de su escritorio. Aquel bichito la arañaba y la gruñía cariñosamente para que jugase con él, ella intentaba concentrarse en su trabajo y le decía “hoy  no” con seriedad y cariño. No quiso ni mirarle, no quería perder su trabajo, debía concentrarse. No se resignó, subió trepando ágilmente por las estanterías y de un salto se coló de nuevo en su guarida, desde la que asomaba la cabeza y siguió gimiendo, llamándola cada vez más alto. Cansada, miró hacia arriba con un severo “no” espirado de su boca pero, cuando posó su vista en aquellos desolados ojillos verdes se quedó helada.
Un fuerte impulso se apoderó de ella y, subiéndose a la silla y tras apoyar uno de sus pies en una de las estanterías, metió las manos por el agujero del techo, intentando alcanzarle, pero él no se dejaba; jugaba. Como no le cabía la cabeza, decidió levantar el panel del falso techo lo suficiente para meter la cabeza. Pudo ver que era un espacio bastante amplio pese a las tuberías. Deslizó el panel que había levantado dentro de la guarida de su amigo, dio un fuerte impulso con las piernas y, lentamente y con esfuerzo, fue arrastrando su cuerpo dentro del falso techo, temerosa de que se cayese con su peso. Una vez estuvo dentro, sorprendida de que no cediese, el animalillo se acercó y le lamió la cara, cariñoso. Ella volvió a colocar el panel en su sitio, esta vez desde dentro, acariciando a su amiguito.



No se volvió a saber nada de ella y su compañera del trabajo miraba al techo, como solía hacer ella unas semanas antes, preguntándose qué sería lo que había visto allí que había llamado tanto la atención durante aquel mes antes de desaparecer.

lunes, 2 de mayo de 2016

La llave mágica de Celina (III)

Segundo capítulo de la leyenda de Celina y su llave:


Celina que, a ojos de todo el mundo, había vuelto de unas largas vacaciones, ya no era la misma. Seguía con su vida normal,  pero sus ojos eran ahora fríos, rara vez sonreía y la inexpresividad reinaba en su rostro.
Todo en su vida se convirtió en efímero: Se rodeaba de mucha gente pero el trato con ellos era demasiado superficial como para que llegasen a considerarse sus amigos, tenía muchos amantes, pero después de una temporada se cansaba y buscaba otros nuevos.

Lo que, al principio, todo el mundo había justificado como reacción por haberse visto abandonada, empezó a ser molesto y criticado hasta el punto de que se la comenzó a conocer como “la mujer de hielo”. Los niños iban a su perta a burlarse de ella, pero ella no se inmutaba, lo cual acabó haciendo que la temiesen. Se llegó incluso a crear mala fama entre las vecinas por acostarse con hombres casados o por los numerosos chicos a los que había enamorado y abandonado, pero a ella nada de eso le importaba; ella solo conocía un AHORA y un YO.

Pasó el tiempo y uno de aquellos días, que para ella eran idénticos unos de otros, dado que los sentimientos no influían en su relevancia, vio en el mercado a un chico que atrajo su atención con sus profundos ojos marrones. Instantáneamente decidió que sería su nuevo amante y no tardó en conseguir llamar su atención.
- Ten cuidado con esa chica. – Oyó Lesmes que le decía la dependienta del puesto frente al que estaba.

No había reparado en que se había quedado mirando a la chica descaradamente en medio del mercado. Soltó una suave risita disimulando su rubor.
- ¿Por qué no?- Preguntó él, como si tal cosa,  mientras se centraba de nuevo en las verduras que había venido a comprar. 
- ¿No has oído lo que cuentan? – Él levantó la vista con interés. Claramente no tenía ni idea de lo que estaba hablando, él era nuevo en la ciudad. 
- Muchos se han enamorado de ella, han ido a llorar a su puerta, la han suplicado su amor, pero ella… ¡Ni se inmutaba! Dicen que es una bruja que se alimenta del dolor de la gente, pero yo no sé qué pensar. Se la conoce como “la mujer de hielo” por su frialdad. – Decía la mujer con un tono entre el misterio y el chismorreo. 
- Bueno, gracias por el aviso. – Dijo mientras pagaba las verduras y se alejaba entre divertido e intrigado. Sin darse cuenta aquella señora había encendido la llama; no había cosa que le atrajese más a Lesmes que un misterio por resolver.

La buscó con la mirada a través del gentío y enseguida la localizó. Le miraba desde la distancia, apoyada contra una de las paredes de la plaza en la que se encontraba el mercado; le estaba esperando. Esto le causó más intriga todavía.
- ¿Cómo sabías que pasaría por aquí?- Preguntó él sorprendido. Y ella se limitó a encoger los hombros.
Tras una formal presentación caminaron juntos mientras charlaban. Cuando llegaron a la esquina de la casa de Celina, esta se despidió ofreciéndole cenar juntos esa noche para continuar con la entretenida charla.

Durante la cena ella parecía sumamente interesada en lo que había traído a Lesmes a aquella aburrida ciudad provinciana. Él habló largo y tendido del trayecto que había hecho y, más brevemente, explicó que unos negocios le habían llevado hasta aquel lugar. Celina se alegró al saber que su estancia no se prolongaría por mucho tiempo (ya tenía demasiados problemas con los vecinos). Su charla continuó alegremente y él quedó en visitarla al día siguiente.

Celina había conseguido crear mucho suspense alrededor de su persona evitando, con elegante sutileza, cualquier tema relevante a su vida personal. Esto, sumado a aquella advertencia de la verdulera, no hizo más que aumentar el deseo de Lesmes de saber más, así que decidió ir a hablar con las gentes de por allí, tenía que investigar y decidió empezar por la primera persona que le había despertado la intriga.

A la mañana siguiente, en el mercado, consiguió más de lo que esperaba:
-      Dicen por ahí que está embrujada, que vendió su alma al diablo o algo por el estilo… - decía la vendedora - Yo la conocía cuando niña. Su madre era amiga suya ¿sabes? y, desde que su prometido la abandonó, hará dos años, no ha vuelto a ser la misma. 
-      ¿Prometido? -  Preguntó él, más para sí mismo que a la señora. 
- Sí. Tuvo un romance con un muchacho de aquí. Pero creo que la abandonó para irse con otra mujer…  No sé exactamente cómo quedó la historia pero, al parecer, la pobre quedó destrozada. Durante un tiempo no la vimos por aquí; yo imaginé que se había ido a unos baños a recuperar la salud, el humor… Cierto es que cuando volvió se la veía mejor, pero ¡a qué precio! Aquí corren rumores de todo tipo; incluso hay quien dice que ella le mató, pero yo se lo digo, que la conocí cuando era bien pequeña, hasta hace dos años era una chica muy dulce y muy buena, no sé qué le habrá pasado…

Lesmes en seguida se dio cuenta de que aquella chica no era un misterio solo para él; todas las historias que recopiló era parecidas la de la señora: muchas eran rumores semejantes a los que la verdulera le había mencionado, algunos con detalles muy macabros, versiones difamatorias de antiguos amantes o amigos. Todos coincidían en lo mismo: ella volvió cambiada de aquel tiempo ausente tras su ruptura.
Entre todo aquel chismorreo había algunas narraciones de personas con las que Celina ahora  mantenía una relación mínima, o casi nula, pero que en su día fueron importantes: familiares, amigos de la familia o antiguos buenos amigos. Estos a Lesmes le merecían realmente la pena. Recopilaba anécdotas de la niñez de Celina, descripciones de su personalidad (de la que ellos recordaban), historias sobre su juventud, etc. Disfrutaba tanto de aquellas historias como los narradores; que se apenaban mucho de haberse distanciado tanto de ella.

Durante las investigaciones, Lesmes se las había ingeniado para conseguir encuentros, aparentemente azarosos, con ella los días que esta había rehuido su compañía. Alargaba aquellos encuentros lo máximo posible y, durante el tiempo que pasaban juntos, estudiaba con detenimiento cada sonrisa vacía, el perder de su mirada en el infinito, la profundidad de sus ojos…  Este misterio cada día le atraía más y ya no era solo el misterio que la rodeaba lo que le atraía irremediablemente.
A veces, creía ver entre toda aquella fachada de frialdad e indiferencia a la verdadera Celina, hasta el punto de descubrirse admirándola; estaba tan alejada de lo habitual, era tan fuerte, tan decidida… Cuando fue consciente de que le estaba empezando a gustar demasiado, decidió a hacer la segunda cosa que más le gustaba; los retos. Se propuso conseguir que ella se enamorara de él.

miércoles, 27 de abril de 2016

La llave mágica de Celina (II)

Segundo capítulo de la leyenda de Celina y su llave:


Celina que, a ojos de todo el mundo, había vuelto de unas largas vacaciones, ya no era la misma. Seguía con su vida normal,  pero sus ojos eran ahora fríos, rara vez sonreía y la inexpresividad reinaba en su rostro.
Todo en su vida se convirtió en efímero: Se rodeaba de mucha gente pero el trato con ellos era demasiado superficial como para que llegasen a considerarse sus amigos, tenía muchos amantes, pero después de una temporada se cansaba y buscaba otros nuevos.

Lo que, al principio, todo el mundo había justificado como reacción por haberse visto abandonada, empezó a ser molesto y criticado hasta el punto de que se la comenzó a conocer como “la mujer de hielo”. Los niños iban a su perta a burlarse de ella, pero ella no se inmutaba, lo cual acabó haciendo que la temiesen. Se llegó incluso a crear mala fama entre las vecinas por acostarse con hombres casados o por los numerosos chicos a los que había enamorado y abandonado, pero a ella nada de eso le importaba; ella solo conocía un AHORA y un YO.

Pasó el tiempo y uno de aquellos días, que para ella eran idénticos unos de otros, dado que los sentimientos no influían en su relevancia, vio en el mercado a un chico que atrajo su atención con sus profundos ojos marrones. Instantáneamente decidió que sería su nuevo amante y no tardó en conseguir llamar su atención.
- Ten cuidado con esa chica. – Oyó Lesmes que le decía la dependienta del puesto frente al que estaba.

No había reparado en que se había quedado mirando a la chica descaradamente en medio del mercado. Soltó una suave risita disimulando su rubor.
- ¿Por qué no?- Preguntó él, como si tal cosa,  mientras se centraba de nuevo en las verduras que había venido a comprar.
- ¿No has oído lo que cuentan? – Él levantó la vista con interés. Claramente no tenía ni idea de lo que estaba hablando, él era nuevo en la ciudad.
- Muchos se han enamorado de ella, han ido a llorar a su puerta, la han suplicado su amor, pero ella… ¡Ni se inmutaba! Dicen que es una bruja que se alimenta del dolor de la gente, pero yo no sé qué pensar. Se la conoce como “la mujer de hielo” por su frialdad. – Decía la mujer con un tono entre el misterio y el chismorreo.
- Bueno, gracias por el aviso. – Dijo mientras pagaba las verduras y se alejaba entre divertido e intrigado. Sin darse cuenta aquella señora había encendido la llama; no había cosa que le atrajese más a Lesmes que un misterio por resolver.

La buscó con la mirada a través del gentío y enseguida la localizó. Le miraba desde la distancia, apoyada contra una de las paredes de la plaza en la que se encontraba el mercado; le estaba esperando. Esto le causó más intriga todavía.
- ¿Cómo sabías que pasaría por aquí?- Preguntó él sorprendido. Y ella se limitó a encoger los hombros.

Tras una formal presentación caminaron juntos mientras charlaban. Cuando llegaron a la esquina de la casa de Celina, esta se despidió ofreciéndole cenar juntos esa noche para continuar con la entretenida charla.

Durante la cena ella parecía sumamente interesada en lo que había traído a Lesmes a aquella aburrida ciudad provinciana. Él habló largo y tendido del trayecto que había hecho y, más brevemente, explicó que unos negocios le habían llevado hasta aquel lugar. Celina se alegró al saber que su estancia no se prolongaría por mucho tiempo (ya tenía demasiados problemas con los vecinos). Su charla continuó alegremente y él quedó en visitarla al día siguiente.

Celina había conseguido crear mucho suspense alrededor de su persona evitando, con elegante sutileza, cualquier tema relevante a su vida personal. Esto, sumado a aquella advertencia de la verdulera, no hizo más que aumentar el deseo de Lesmes de saber más, así que decidió ir a hablar con las gentes de por allí, tenía que investigar y decidió empezar por la primera persona que le había despertado la intriga.

A la mañana siguiente, en el mercado, consiguió más de lo que esperaba:
-      Dicen por ahí que está embrujada, que vendió su alma al diablo o algo por el estilo… - decía la vendedora - Yo la conocía cuando niña. Su madre era amiga suya ¿sabes? y, desde que su prometido la abandonó, hará dos años, no ha vuelto a ser la misma.
-      ¿Prometido? -  Preguntó él, más para sí mismo que a la señora.
- Sí. Tuvo un romance con un muchacho de aquí. Pero creo que la abandonó para irse con otra mujer…  No sé exactamente cómo quedó la historia pero, al parecer, la pobre quedó destrozada. Durante un tiempo no la vimos por aquí; yo imaginé que se había ido a unos baños a recuperar la salud, el humor… Cierto es que cuando volvió se la veía mejor, pero ¡a qué precio! Aquí corren rumores de todo tipo; incluso hay quien dice que ella le mató, pero yo se lo digo, que la conocí cuando era bien pequeña, hasta hace dos años era una chica muy dulce y muy buena, no sé qué le habrá pasado…

Lesmes en seguida se dio cuenta de que aquella chica no era un misterio solo para él; todas las historias que recopiló era parecidas la de la señora: muchas eran rumores semejantes a los que la verdulera le había mencionado, algunos con detalles muy macabros, versiones difamatorias de antiguos amantes o amigos. Todos coincidían en lo mismo: ella volvió cambiada de aquel tiempo ausente tras su ruptura.
Entre todo aquel chismorreo había algunas narraciones de personas con las que Celina ahora  mantenía una relación mínima, o casi nula, pero que en su día fueron importantes: familiares, amigos de la familia o antiguos buenos amigos. Estos a Lesmes le merecían realmente la pena. Recopilaba anécdotas de la niñez de Celina, descripciones de su personalidad (de la que ellos recordaban), historias sobre su juventud, etc. Disfrutaba tanto de aquellas historias como los narradores; que se apenaban mucho de haberse distanciado tanto de ella.

Durante las investigaciones, Lesmes se las había ingeniado para conseguir encuentros, aparentemente azarosos, con ella los días que esta había rehuido su compañía. Alargaba aquellos encuentros lo máximo posible y, durante el tiempo que pasaban juntos, estudiaba con detenimiento cada sonrisa vacía, el perder de su mirada en el infinito, la profundidad de sus ojos…  Este misterio cada día le atraía más y ya no era solo el misterio que la rodeaba lo que le atraía irremediablemente.
A veces, creía ver entre toda aquella fachada de frialdad e indiferencia a la verdadera Celina, hasta el punto de descubrirse admirándola; estaba tan alejada de lo habitual, era tan fuerte, tan decidida… Cuando fue consciente de que le estaba empezando a gustar demasiado, decidió a hacer la segunda cosa que más le gustaba; los retos. Se propuso conseguir que ella se enamorara de él.

martes, 26 de abril de 2016

La llave mágica de Celina (I)

Primer capítulo de La llave mágica de Celina:


Las promesas incumplidas, el sufrimiento, el sentimiento de culpabilidad, sentimientos encontrados de amor y odio, las dudas, la angustia, etc. se condensaban en sus ojos azules en forma de lágrimas. Dolía pensar lo mucho que le quería, lo mucho que le necesitaba y lo lejos que estaba él de quererla y necesitarla a ella.

Ese dolor se fue transformando en enfado, el enfado en rabia y esa rabia le quemaba por dentro, no quería sentirla, porque aún le amaba. Ya no quería amarle, quería dejar de sufrir y no era capaz de esperar a que el dolor pasase. Entonces calló en la cuenta de que no solo no quería sentirlo más, sino que no quería volver a pasar por ello, no podía volver a pasar por aquello otra vez.
No quiso pensárselo dos veces, por miedo a arrepentirse. Cogió su caballo y cabalgó hasta el alejado santuario, donde vivía una pitonisa en absoluta soledad y recogimiento. 
Aquella pitonisa la acogió con la confianza de quién sabe lo que va a suceder:

-Sé que vienes a averiguar cómo alejarte de ese amor que te angustia. –Le dijo la pitonisa. –Tan solo cuentas con una pregunta; piensa bien que preguntarás.

Ella tan solo agachó la cabeza, con los ojos de nuevo empañados en lágrimas.

-Antes de preguntar al oráculo deberás saber que no es posible deshacerse de un sentimiento… Los sentimientos son demasiado complejos, se entrelazan entre ellos. Es posible que en tu intento por paliar tu angustia acabes con toda huella de humanidad en ti ¿Seguro que eso es lo que quieres? No sentirás nada. –La interrogó la pitonisa, siempre sonriente.

Levantó la mirada, sus ojos llameaban de una forma que borraron la sonrisa de la pitonisa.


-Sí – dijo con decisión – si debo arriesgar mi felicidad por no ser infeliz así será, ¿Por qué no gozar? ¡Por no sufrir! Haré mi pregunta: “Oráculo ¿cómo acabo con el sufrimiento de mi corazón?”
-De acuerdo – se limitó a decir la Pitonisa, esta vez seria y, tras una pausa en la que pareció meditar continuó –esta es la respuesta del oráculo:

“Si a Vulcano vas a ver
Una llave te debe hacer
Con la que cerrar tu corazón
Para asegurarlo del dolor”

Casi no había acabado de formular la pitonisa estas palabras cuándo Celina salió corriendo por la puerta del santuario, sabía perfectamente dónde encontrar a Vulcano; las leyendas corrían por todas partes sobre él, así que, sin perder ni un minuto, fue a su casa, hizo un hatillo con todo lo que pensó que necesitaría para el viaje y de nuevo salió al galope hacia su destino. No quiso ni pararse a pensar en lo que iba a hacer, pero había incluido en aquel pequeño equipaje un colgante que aquel al que tanto amó le había regalado con la promesa de un amor eterno y, durante las largas noches que tuvo que pasar hasta llegar a su destino su trayecto lloraba mientras apretaba aquel colgante contra su pecho.

Cuando por fin llegó a la puerta de la guarida de Vulcano había allí un anciano cojo y feo que le preguntó a Celina qué buscaba. Cuando le contestó, él la miró interesado y quiso saber más, ofreciéndola agua y asiento a cambio de su narración. Ella, que estaba cansada del viaje, agradeció la compañía después de tantos días de soledad. Le relató su historia de amor y desengaño con detalles y sin poder evitar emocionarse en ciertas partes del relato. Le contó que había acudido al oráculo para preguntarle cómo deshacerse de aquel dolor que la mataba por dentro y cómo, tras su largo viaje, había llegado a allí en busca de que Vulcano le procurase una cura para aquellos engañosos sentimientos con doble cara.
El anciano, tras haber escuchado la historia completa con toda su atención, se levantó y se presentó como el mismísimo Vulcano y le abrió la puerta de su taller.

Dentro del mismo, sobre su fragua encendida, se podía ver, enganchada a una vara de hierro, enrojecida por el calor, una pequeña llavecita. Cuando ella vio aquello le miró sorprendida, Vulcano se limitó a contestar “te esperaba” mientras se calzaba unos gruesos guantes y agarraba el hierro para sacar la pequeña llave del fuego e introducirla en una tinaja de una especie de agua plateada. La llave chisporroteó al principio, tras unos segundos inmersa en aquel líquido la sacó igual que la había metido y la acercó al fuego, donde giró hasta cerciorarse de que estaba totalmente seca, luego cogió un paño con el que la cubrió y frotó suavemente para pulirla hasta sacarle el máximo brillo, antes de dársela a Celina, que había seguido todo el procedimiento con sus grandes ojos azules, esperando pacientemente y observando cada movimiento desde una esquina del taller.

Una vez acabado el proceso Vulcano agarró la llavecita con los dedos desnudos y se la puso en la palma de la mano, para mostrársela, mientras decía:
-Mira hija, ésta llave te ayudará a conseguir lo que deseas pero, y escucha bien esto que te voy a decir porque es muy importante: deberás colgártela del cuello en el centro del pecho, no más alta. Una vez que la llave toque tu piel su poder llegará a tu corazón, donde sellará tus sentimientos; con esto me refiero a todos tus sentimientos, no solo a la angustia que sientes ahora. Amor, tristeza, alegría… Cualquier otro sentimiento será igual de anulado. Pero, si te la quitas una sola vez su poder se acabará y ya no podrá volver a hacer efecto, aunque te la volvieses a poner no serviría de nada, tiene un poder limitado. Piénsalo bien.

Tras decir esto, Vulcano quedó con la mano extendida y la llave en ella. Celina, por primera vez desde que comenzó su viaje, dudaba. Observaba la llave valorando el impacto que podría tener en su vida cuando, de repente, le vinieron a la cabeza todas aquellas noches de dolor. Todos los días de angustia, ya no solo aquellos del reciente desamor, sino los de toda su vida por distintos motivos aparecieron en su cabeza para darle el empujón que necesitaba.
Frunció el ceño, estaba decidida a acabar con aquello y, de un rápido y brusco movimiento, agarró la llave de la mano de Vulcano. En ese momento, Vulcano, su taller y la puerta de la guarida desaparecieron, quedando solo ella y su caballo en aquel camino empedrado que había seguido hasta la guarida.


Aquella noche, ante el fuego que había hecho en su pequeño campamento, se paró a observar la llave con detenimiento; contaba con una pequeña argolla que le facilitaba llevarla de colgante. Entonces se le ocurrió que podía usar la cadena del colgante que le regaló aquel que tantas promesas incumplidas hizo. Comprobó que la altura era la adecuada a la que le había indicado el herrero olímpico, sacó el colgante, lo apretó contra su pecho por última vez y cerró los ojos para permitirse un último momento pensando en él, luego lo lanzó lejos mientras una lágrima, su última lágrima, resbalaba por su mejilla. Luego colocó rápidamente la llavecita en la cadena de plata, la miró un segundo valorando el buen trabajo que Vulcano había realizado; era una llave preciosa y quedaría muy bien adornando su pecho. “Sí, la altura es perfecta” pensó mientras oía el “click” del cierre en su nuca y, justo cuando la llave tocó su pecho, su angustia desapareció.

jueves, 31 de marzo de 2016

Letras con sonidos de tu voz

Jueves 13-2-2011
Aún no han pasado ni dos días desde que te enterramos y ya te echo de menos.
Hoy estuvimos mi hermana y yo arrancando pedazos de tu recuerdo de toda la casa para meterlos en cajas. No te imaginas cuántas cosas dejaste aquí en tu partida. Ella sabe que aún no estoy preparado para deshacerme de todas esas cosas, por eso, de momento, solo vamos recopilándolas; haciendo pequeñas montañitas de tus libros, tu ropa, tus fotos… No sé qué voy a hacer con tanto espacio en la casa, tú siempre tuviste una gracia innata para llenar cajones, estanterías y armarios de cosas, ahora lo echo de menos.

Viernes 18-2-2011
La recopilación de tus cosas está durando más de lo esperado. Hanna insiste en que será bueno para mí deshacerme de esas cosas; apartarlas lo antes posible para no caer en la melancolía, pero siento que te traiciono y eso lo hace más lento todavía. Cada camisa que cogemos para apilar, cada libro o adorno, me trae miles de recuerdos, y en él está aún impreso una parte de ti, es por eso que Hanna tiene que hacer uso de su paciencia, apaciguarme a veces, y poco a poco, ir alejando de mi todas tus cosas, casi sin que me dé cuenta.
Lo único que aún no nos hemos atrevido a tocar ni ella ni yo ha sido tu escritorio, que sigue con aquel desorden que siempre lo inundó y me gusta verlo así; me hace recordarte de una forma clara: allí sentada, hasta altas horas de la mañana, escribiendo u ojeando alguno de los muchísimos libros que aún están ahí cogiendo polvo… En algún momento tendré que enfrentarme a esa parte de la casa; esa parte que es el trozo de tu alma más grande que todavía conserva este mundo.

Sábado 26-2-2011
Cada noche lloro un poco recordándote. Te echo de menos, pero parece que el dolor, poco a poco, va menguando.
La casa se ha quedado medio vacía sin tus cosas que lo impregnaban todo de alegría. De aquellas cajas, que han ido al trastero con una pegatina “cosas de Carolina”, he conseguido salvar algunas fotos y varios libros, esos libros que aún tienen tu aroma.
He de confesar que a veces enciendo la luz de tu escritorio y me voy a acostar, fingiendo que, un día más, has decidido quedarte allí hasta tarde trabajando y yo te espero en la cama. Sé que parece una tontería, pero me hace conciliar el sueño el pensar que tú sigues por allí rondando y consigo un sueño apaciguado.
Aun así tu escritorio no se va a salvar; ya ayer Hanna me dio una caja, más pequeña que las anteriores, con una pegatina: “escritos de Carolina” y me dijo, con un tono lo más apacible que pudo, “No te voy a meter prisa, pero tendremos que deshacernos de eso también”. He de admitir que al principio me sentó mal aquel "tendremos". Bastante que yo iba a tocar tus textos sin tu permiso, pero ella… Será mi hermana, pero no tiene por qué meterse en esos asuntos. Luego me di cuenta de lo que significaba aquella caja y suspiré… ¡Otra caja más! Parece que todo lo que has sido se reduce a cajas, ya sean de cartón o de madera, todas enterradas bajo una insignia.

Jueves 3-3-2011
Hoy me he sentado en tu escritorio con la idea de comenzar a meter tus diarios, textos, relatos, dibujos y papeles en su caja correspondiente. Sí, me he sentado en tu escritorio, y no he podido evitar el querer leer por última vez tus cosas, para empaparme de ti de nuevo, perdóname.
He cogido el primer papel que he visto y lo he acercado, con una mezcla de miedo y ansia, hacia la luz del flexo, para poder leer mejor. No tenía título, así que he ido directamente a la materia y ahí estabas tú, de repente; resonando en mis oidos. Te sentía a mi lado como si tú estuvieses leyéndome todo aquello… Y he sonreído, he sonreído de nuevo, después de tanto tiempo.

Viernes 4-3-2011
Me gustó tanto volver a oír tu voz de nuevo ayer que hoy he repetido la operación. Casi no he podido esperar a llegar del trabajo para sentarme en tu escritorio a leer. He cogido otro folio; un relato sobre el tiempo, y lo he leído saboreando cada letra, que sonaba en mis oidos como un susurro de tu voz, con esa forma peculiar que tenías de pronunciar la “ch” al decir “chica” o  “violonchelo” y tu suave silbido en las “s” finales.
Los últimos relatos que escribiste no están acabados, no tuviste tiempo para acabarlos, lo cual me causa mucha intriga ¿Cómo querías que acabasen Carol?  Si yo pudiese acabarlos por ti… Pero yo nunca tuve mano para la escritura.

Lunes 7-3-2011
Llevo toda la semana leyendo todos tus relatos, tus historias, tus ensayos y estudios… Luego los guardo en la caja convencido de que han cumplido su propósito: el acercarme por última vez a ti, apaciguar mis temores.
Sigo oyéndote en cada uno de ellos. Las letras en mi cabeza se transforman en sonidos, sonidos de tu voz. Me siento como un músico al leer las diferentes notas musicales con su colocación en el pentagrama. Así de claras van resonando en mi cabeza, con tu entonación según las palabras y la forma en la que están colocadas e incluso escritas. Parece que estuvieses leyéndome solo a mi, como si los hubieses dejado ahí con la idea de poder hablarme desde dónde quiera que estés, para contarme todas esas historias que en vida nunca me leíste. Ahora que lo pienso, quizá fue por eso por lo que nunca me las leíste, quizá estabas plasmando en cada una de ellas tu esencia, para que cuando no estuvieses yo pudiese tenerte de nuevo a mi lado, a pesar de no poder verte.

Sábado 12-3-2011
Ya hace un mes que nos dijiste adiós, y parece que han pasado años… Pero, cada noche me tumbo en la cama con algo escrito por ti, y me recreo en el silencioso sonido de tu voz mientras disfruto de tus historias. Algunas ya las había leído antes, pero nunca me habían parecido tan buenas como hasta ahora, y es que, leído por ti, todo toma otro matiz. Otras, son completamente nuevas para mí, debiste escribirlas en los últimos momentos de tu vida, porque noto esa tristeza que a mí siempre me ocultaste tras una sonrisa silenciosa, ahora ya no puedes hacerlo porque tu tono de voz te delata.

Jueves 17-3-2011
Jamás había estado tan enganchado a una lectura como lo estoy ahora a tu diario. Espero que no te importe que lo esté leyendo, siempre me dijiste que la única persona que podría hacerlo sería yo y… aunque me costó mucho hacerlo, el otro día me armé de valor y cogí el primero; el más viejo.
¿Cómo puede ser que incluso oiga tu voz de cuando eras niña? Estoy seguro de que esto no es casualidad; escribiste un diario para dejar tu esencia en este mundo, estoy seguro, y te confirmo que lo has conseguido.
Me encanta recorrer tu niñez y tu vida, a veces me río y a veces lloro, pero siento que lloro y río contigo. Siento que empiezo el camino de nuevo, contigo, desde tu punto de vista. Me meto en las cosas que cuentas, acontecimientos cotidianos de una niña de entre ocho y diez años, hasta el punto de sentir lo que tu sentías. ¡Ojalá hubiese podido estar ahí contigo, cariño! Todo el tiempo del mundo habría sido poco para compartirlo contigo si hubiese sabido que te iban a separar tan pronto de mí.
Me habías contado muchas veces cosas de tu niñez, pero leerlas ahora con tus propias palabras infantiles, tu caligrafía de cuadernillo Rubio, tus faltas de ortografía garrafales… Ya no solo te oigo, cada vez te siento más, y eso hace que me aficione cada vez más y más a la lectura de tu diario. No sé en qué invertiré mi tiempo cuando acabe de leer todo lo que tienes en el escritorio, pero tampoco quiero pensarlo, aún me quedan cuatro diarios y dos libros: el que dejaste sin acabar y el que por fin acabaste y conseguiste editar (aún guardo un ejemplar en casa y no lo tiraré).
Mi voracidad escuchándote leer en mis oídos, ha hecho que ya me haya fulminado todos tus relatos cortos, es por eso que comencé con tus diarios.

Viernes 20-4-2011
Ahora te entiendo, mi vida, entiendo tantas cosas que antes no...
Todas aquellas noches que te quedabas hasta la madrugada leyendo, todos aquellos días que olvidabas hacer la comida o, incluso, te olvidabas de comer, solo por estar leyendo un libro que te había atrapado. Pero no es solo el contenido lo que me fascina a mí, sino tu voz, que cada vez suena más nítida en mi cabeza ¿a ti te pasaba igual? ¿También oías sus voces?
Tu voz me ha relatado ya toda tú niñez y tu adolescencia, me ha revelado secretos y pensamientos íntimos (admitiré que me ruborizo mucho al darme cuenta de cuán profundo estoy entrando en ti). Ha ido cambiando y madurando el timbre, a la par que tu caligrafía y tu estilo de escritura según han ido avanzando los diarios.
En esta segunda vida que llevo, en la que me sumerjo de la mano de tu sonido en tus diarios, ya tienes veinte años, nos acabamos de conocer, y leo la historia que ya he vivido, recordando detalles, algunos más olvidados que otros, y escuchando atentamente tu versión de los acontecimientos, con todos los pensamientos que tuviste en aquellos momentos, todo relatado con el sonido de una voz que cada vez se parece más a la última que oí en tu boca.

Viernes 20-5-2011
He acabado todos tus diarios, todos tus relatos y el libro que dejaste a medias, ya solo me quedan unas veinte páginas del que conseguiste acabar.
Hanna dice que debería alejarme de estos libros, que no es sano que esté tanto tiempo leyendo cosas que has escrito tú. Ella no entiende que es la única forma que me queda de estar contigo, de oírte de nuevo.  Que he revivido cada paso que has dado en tu vida, hasta el día de tu muerte, que es la única conexión que tengo contigo, que tú me hablas a través de las letras. Claro que no lo entiende, ella no eres tú. Tú me entenderías y apoyarías, a pesar de que me hayan dado un ultimátum en el trabajo porque últimamente llego cansado a trabajar, a pesar de que haya adelgazado no sé cuantos kilos, y ya no me afeite ni me cuide. ¡Qué más dará eso! Tú estás conmigo de nuevo y haré lo que haga falta para conservar el sonido maravilloso de tu voz, el máximo tiempo posible, pero… no sé qué voy a hacer cuando acabe las veinte páginas que me quedan, quizá comenzaré de nuevo a leerlo todo desde el principio.

Un día cualquiera de Mayo del 2011
Dicen que estoy enfermo, que me he vuelto loco, solo porque quiero mantenerme cerca de ti, dicen que no es sano que ya no salga, ni coma y prácticamente ni duerma, que ni sé qué día de la semana es.
La caja que iba a contener tus cosas del escritorio se ha convertido en una mesa transportable que llevo de acá para allá por toda la casa. Leo una y otra vez cada relato, cada diario, escuchándote una y otra vez. Estoy enganchado a ti; estamos unidos de nuevo, de una forma más profunda incluso que antes, y nada nos separará hasta el día en que me muera. Esta vez no.

sábado, 19 de diciembre de 2015

El tesoro de una quimera

¿Alguien se ha imaginado alguna vez cómo es un pirata antes de convertirse en pirata? Sí, lo que os digo. Probablemente nunca lo habíais pensado, en realidad yo tampoco me había parado a pensarlo hasta que conocí a uno.

Los piratas, una vez dentro de lo que podríamos llamar el “oficio de saqueador o corsario”, rara vez hablan de su pasado; reniegan de él o mienten (dado que la mentira forma parte de su mundo), lo que hace muy difícil saber cómo era realmente el pirata antes de embarcarse en este pintoresco gremio y cuál fue el germen que le hizo entrar en este mundo. 
Podréis imaginar, que nadie despierta un día diciendo “¡Eh! Quiero ser pirata” y se embarca sin más en una nave.
Como ya he dicho, nunca antes pensé en esto (nadie lo hace), sin embargo, una noche de invierno en que salí a tomar algo con unos amigos a un bar cerca de nuestra casa, tuve una conversación muy interesante con uno de ellos. No me habría podido imaginar jamás cuán lejos pueden llegar los sueños de una persona y cuán peligrosos pueden llegar a ser; llegando incluso a truncar vidas. De repente nos descubrimos planeando un futuro que, aparentemente, era una simple ilusión de sábado por la noche pero, lo que comenzó como un inocente juego para hablar de sueños absurdos, acabó convirtiéndose en la confesión de un íntimo deseo; una idea persistente, firmemente instalada en lo más profundo de su subconsciente.

No, no quería ser pirata, por supuesto, como ya he dicho nadie se despierta un día decidiendo que lo suyo es el abordaje y el saqueo. La idea que le rondaba constantemente la cabeza era que quería comprarse un barco. Había probado varias veces a hacer pequeños viajes en barco y quería vivir la experiencia de vivir una temporada en alta mar. Nos reímos, la idea parecía descabellada y una inocente ilusión de futuro, pero algo en mi interior se conmovió; era más que eso.
Sin darme cuenta, había empezado a tirar de la cuerda, a hacer preguntas, quería saber más. Él, un programador que comenzaba a destacar en su carrera recientemente iniciada, me contaba, sin darse cuenta de lo absurdo que sonaba, datos sorprendentemente precisos de cómo conseguir llevar a cabo aquella quimera: precios, qué clase de barco quería, cómo conseguir la licencia para pilotarlo, cuál era precisa para cada tipo de embarcación… Como digo, aparentemente era una conversación normal sobre aspiraciones de futuro pero, sin darnos cuenta, habíamos encendido una llama muy poderosa. La noche acabó sin mayor novedad y nuestra amistad continúo de igual manera. No siempre que nos veíamos hablábamos sobre el tema, de hecho, pocas veces volvimos a mencionarlo pero, desde ese día, algo cambió en su interior y ni yo, ni ninguno de nosotros, podría parar aquel proceso. Él siguió ascendiendo en su carrera, o eso me pareció, y yo continúe con mi vida. Poco a poco nuestros caminos se separaron y, de un año para otro, ya solo sabía de él a través de un amigo común.

La primera vez que se mencionó su nombre en las noticias me sorprendió pero, cuando me paré a pensarlo detenidamente, todo empezó a tener sentido; los recuerdos que yo tenía de él comenzaron a enlazarse como en un puzzle, creando una viva imagen psicológica de aquel individuo que había sido un extraño para mí durante tanto tiempo y que, ahora, veía tan claro. El típico “¿cómo no me di cuenta antes?” apareció en mi cabeza y sonreí para mis adentros; al fin y al cabo había logrado lo que muchos de nosotros jamás lograríamoss: hacer realidad su sueño. Quizá no de la manera que él planeaba en un principio, pero claro ¿quién puede controlar un sueño?

No sé muy bien cuál fue realmente el proceso. Dicen que, tras años trabajando duro para ahorrar el dinero necesario para comprar una nave, un día comenzó a rondar el embarcadero con una sola idea en la cabeza y una botella de alcohol en la mano. Pronto, sus ausencias en el trabajo para indagar sobre naves le hicieron perder su empleo y, en cuestión de meses, se acabó echando a perder. El hecho es que, finalmente, se hizo a la mar una tormentosa noche, tras robar el mejor velero del puerto y aún sin la licencia de navegación (ya sabía lo suficiente). Desafió todo pronóstico al sobrevivir a aquella tormenta, que resultó ser bastante fuerte, demostrando ser un gran marinero. Tras aquello lo único que sé es que es temido y buscado en medio mundo por sus robos, saqueos y extorsiones a la justicia.


Lo que me pregunto ahora es ¿se acordará de aquella noche en que ese sueño realmente salió a la luz y cobró vida? 

viernes, 6 de noviembre de 2015

La habitación

Este lo escribí hace unos cuantos años, lo he salvado del olvido y tras un lavado de cara he decidido publicarlo como ejercicio. A ver qué os parece:


Cuando un tenue rayito de luz iluminó aquella habitación, se vio que en ella reinaba un total y absoluto caos: Un montón de cosas inservibles estaban acumuladas, rotas y mezcladas con otras más importantes pero maltratadas. Había muebles rotos que servían de casa a un montón de ácaros, telarañas y suciedad. Las paredes tenían grietas, desconchones y goteras. El parqué estaba carcomido, desgastado… ¡¡Aquel era el paraíso de las ratas!!

Pero, tras la pequeña iluminación, entró una brisa que se convirtió, poco a poco, en un aire fresco y aromático que levantó con fuerza la cortina rasgada. 
Aquel rayito de luz se hizo cada vez más potente hasta convertirse en una luz resplandeciente y cegadora, con la que toda la habitación se despertó. 

Pronto, esa habitación, que solo conocía la oscuridad y la mugre desde hacía mucho, comenzó a recrearse.
Sus paredes recompusieron, como pudieron, las grietas y los agujeros que los terremotos habían creado. La antigua y desconchada pintura de las paredes fue sustituida por una nueva, de un color mucho más alegre. El parqué se lijó y barnizó de nuevo. Aparecieron en las paredes nuevos cuadros, de alegres paisajes y preciosas imágenes con marcos espléndidos que reemplazaron a los anteriores, arcaicos y tristes, cuadros. Fue limpiada a fondo de la mugre, los ácaros y las telarañas. Los muebles rotos y antiguos fueron restaurados y, además, aparecieron algunos nuevos; creando un nuevo ambiente. 
Todas aquellas cosas inútiles que estaban esparcidas y acumuladas por todos los rincones desaparecieron, a excepción de algunas que se guardaron como recuerdo (no sin antes limpiarlas a fondo), y las cosas valiosas se recolocaron en lugares más idóneos.
Aquella habitación quedó completamente remodelada. Los muebles ahora estaban estudiadamente colocados en lugares estratégicos para poder lucir las cosas más bonitas y esconder los lugares con marcas de antiguos malos tiempos.

Ahora la habitación brillaba y resplandecía, incluso olía distinto. Sin embargo, una vez dentro de ella, si te fijabas bien, aún podías encontrar en algunas esquinas, debajo de las preciosas y nuevas alfombras, en los restaurados muebles e, incluso en la pared, pequeñas cicatrices del pasado: grietas, agujeros o desconchones que eran imborrables o que habían reaparecido a pesar de las reformas.

jueves, 22 de octubre de 2015

Baldosas rotas

Chocó sus zapatos uno contra otro tres veces y, aunque no eran los chapines rojos de Oz sino unas converse negras y desgastadas, cerró los ojos y formuló, también tres veces, las mágicas palabras “se está mejor en casa que en ningún sitio” concentrándose en ellas, mientras sentía la suave vibración en sus pies una vez, otra vez y otra vez.

Realmente deseaba volver a casa… volver a sentirse en casa y, por un momento, imaginó que pudiese ser posible; que al abrir los ojos se encontrase dentro de su camita, con su colcha de elefantitos rosas en mitad de una perfumada noche de primavera.
Quería dejar atrás ese camino de baldosas amarillas que resultaba tan traicionero con sus baldosas rotas, sus atajos serpenteantes a través de oscuridades, sus cuestas arriba y abajo… Ya estaba cansada de buscar el verdadero amor y así poder volver a oír latir su corazón, la verdadera inteligencia para asegurar que sus decisiones eran las correctas y el coraje necesario para continuar siempre adelante, a pesar de todo. Se sentía aburrida de enfrentarse todos los días a las constantes maldades de las brujas del este y del oeste. Hacía tiempo que sabía que aquel maravilloso mago no era más que un impostor, que con sus trucos había encandilado a todo el que se había dejado convencer. Para sus ojos, la ciudad había perdido ese tono verde cristalino de esmeralda que la hacía tan mágica y característica, de hecho, ninguna  ciudad de todas las que había conocido durante sus largos viajes contenía ya ningún interés para ella, al contrario, todas se habían vuelto grises, aburridas y monótonas, a pesar de lo preciosas que pudiesen parecer en el catálogo.

La realidad cada vez tenía más parecido con un cuento, un cuento en el que había quedado atrapada, en el cual tenía que cumplir el papel de un personaje que no era del todo el suyo, en el que todo truco de magia había sido desvelado, con  aventuras repetitivas y acontecimientos totalmente previsibles.
Sí, crecer (y, en suma, vivir) era una gran aventura, pero ella ya se había cansado. No se podía decir que no se hubiese divertido y tampoco se trataba de que quisiese abandonar. Quería descansar, aunque solo fuese un rato, y volver a ver todo aquello como un deseable futuro; como ilusiones de almohada. Quería retomar los juegos constantes y dejar a un lado el gran reto que suponía cada día; volver al simple y maravilloso “¿quieres ser mi amigo?” a no tener preocupaciones y divertirse planeando el futuro, ese futuro que era ahora su presente y que, en comparación con el que había imaginado, era tan decepcionante.


Ahora, justo antes de otra de esas situaciones que marcan la trayectoria de un adulto, solo quería volver a sentirse en casa y descansar. Tras chocar los zapatos y decir aquellas palabras tres veces, como en el cuento, abrió los ojos: seguía sentada en aquella elegante sala de espera, con sus converse desgastadas y su carpeta en la mano. Suspiró, miró a su alrededor, se levantó y se dirigió a la puerta con la única esperanza de poder escapar.

miércoles, 22 de mayo de 2013

¿y si..?

 Aquí os dejo un par de textos experimentales (aunque ¿qué no lo es en este blog?)... Y para abrir boca una frasecilla que forma parte de la dedicatoria de Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena, que viene muy al caso:"La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca." Enrique Heine.
Espero vuestras opiniones y comentarios. 


-¿Recuerdas cuando nos conocimos?
-Si, claro. Fue en aquella fiesta, nos presentó Marina, aunque ya nos conocíamos de vista.
-Sí, habíamos coincidido ya en otros sitios... ¿Cómo fue?
-¿Cómo que cómo fue? Joder ¿No te acuerdas?
-Refréscame la memoria.
-Pues eso, Marina nos presentó. Tú estabas con un grupo de chicos, nos pusimos a hablar sobre las veces que nos habíamos visto antes, que si por el barrio y tal, y de los amigos comunes...
-Si ¿fue entonces cuando Ana me tiró la copa? Estaba tan borracha que ni me di cuenta.
-Si, ahí fue... Luego yo te dije de salir a fuera, porque entre la música y los gritos de la gente era imposible oírse. Me dijiste que sí con el pretexto de fumarte un cigarro.
-Entonces salimos a la terraza y empezamos a hablar...
-Sí. Luego te acompañé a casa, pero no entraste, nos quedamos hablando en la puerta toda la noche.
Tras esta última frase él sonrió mientras se miraban. 
Los ojos de ella escrutaban su cara, buscaban algo.
-En realidad Marina no fue a esa fiesta, ese día estaba mala, no nos presentó.
-¿Qué dices? - él reía.
-Lo que oyes, no hubo tal presentación.
-¿Dudas de mi memoria?
-Tú estabas allí, te uniste al grupo de chicos en el que, efectivamente, estaba yo, pero no llegamos a hablar.
-¿Cómo que no? Pero bueno ¿Qué te pasa?
-Ana me tiró el vaso y no salí fuera a fumar, sino que fui al baño y, por supuesto, no fui contigo. Luego Rubén me llevó a casa en su coche temprano, porque se me quedó la falda hecha un asco por el vodka.
-No sé si te estás burlando de mí o ibas tan pedo que ni lo recuerdas bien.
-No iba tan pedo; tampoco bebí tanto...
-¿Insinúas que miento?
-No, digo que no hubo conversación hasta el amanecer; que no llegamos a conocernos.
-Vale, y según tu ¿cuándo nos conocimos?
-Nunca.
-¿Nunca? - de nuevo se reía, pero esta vez de forma sarcástica. -me estás vacilando ¿no?
-Para nada. - Estaba totalmente seria, definitivamente no bromeaba.
-Y entonces... ¿me puedes decir por qué cojones estamos hablando ahora y cómo podemos llevar juntos tanto tiempo si, según tú, nunca nos conocimos?
-Sí. Te lo explicaré: No existes; eres producto de mi imaginación.
-¡¿Qué?! - Se rió a carcajadas -En serio, deja los porros.
Se quedaron los dos callados un momento. Ella ya no buscaba nada en su cara, miraba al suelo.
-Te vas a ir ¿no?
-Sí, pero ¿eso qué tiene que ver con...?
-¿Por cuánto tiempo? ¿Un año? ¿Quizá más...?
-Sí, pero...
-Pues entonces ¿qué más da que seas real o no? Te vas, desapareces, se acabó. ¿Qué gano sabiendo que existes, que pasamos tanto tiempo juntos y que ahora te vas? Ambos lo sabíamos; esto era un juego para pasar el rato, nada serio y con un final. Yo creo personajes... Al fin y al cabo no es tan difícil de creer que, al igual que Don Quijote; en mi soledad crease, de una persona que conocía de coincidencias, de ver por el barrio, mi distracción; mi compañía después de una ruptura. Todo concuerda ¿no crees? Al fin y al cabo, todo ha sido "demasiada" casualidad y tu eres tan... novelesco...
-Según eso... Si yo no existo... ¿Cómo puedo tomar decisiones, tener una conciencia propia? -Estaba pensativo ahora, algo pasmado por la situación.
-Porque yo, la creadora, no he terminado la ficción. Ambos estamos en ella.
-¡Menuda gilipollez! Lo que estás diciendo es una paranoia y no sé por qué me lo cuentas ahora, francamente... -Estaba enfadado, pensativo. -Aún si fuera cierto... Preferiría no haberlo sabido... saber que solo soy un personaje inventado...
-Bueno, eso ahora no importa. Subirás al avión y se acabará la historia. Tú acabarás para mí y yo para ti. Y es mucho más fácil pensar que la otra persona no existió jamás, que pensar que es real y se acabó. Solo fuiste eso, un sueño.
-Así que ¿este es otro de tus autofingimientos?
-Puede ser... O también puede ser que tú hayas sido mi autofingimiento durante todo este tiempo...

"Pasajeros del vuelo 6250 con destino Nueva York embarquen por la puerta U54”...



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Creo que te odio porque te quise y solo se puede odiar a las personas a las que antes has querido. Te odio porque te lo habría dado todo, porque estaba dispuesto a ser todo para ti… Pero tú solo jugabas a ser mayor.
Ahora me avergüenzo del tiempo que perdí queriéndote, prestándote mi apoyo y atención, dándote lo que querías. Miro al pasado y solo veo a un estúpido que creía en el amor, e incluso me llego a odiar a mí mismo.
Si sólo pudieras saber la de noches que he pasado pensando en ti, recordándote, imaginándote, llorándote… He pensado muchas veces en llamarte solo para desahogarme y soltar mi ira contra ti, pero luego recapacito; quizá te reirías, quizá volverías a amarrarme con mentiras y engaños para que estuviese de nuevo ahí, para ti, aprovechándote de mi talón de Aquiles, la maldita talón de Aquiles que eras.
Hubo un tiempo que deseé que volvieses, aunque fuese con tus abrazos ínfimos y los besos prohibidos. Hubo un tiempo que habría dado cualquier cosa por oír tu voz pronunciando mi nombre de nuevo, a pesar de que tuviera que ser con fingido tono de amistad. Aún a veces pienso en ti y me pregunto “¿qué habría pasado si…?” o incluso “¿pensará en mi?”. Repaso mis recuerdos contigo, pero hay un halo amargo que los recubre y el recuerdo de tu risa ya no suena alegre en mi cabeza, sino lúgubre y ahogada. Quisiera olvidarte totalmente, olvidar tu existencia. Pero te quise tanto, que es imposible.
Tú me decías que también me querías, me pregunto si sería verdad, y me pregunto por qué no me pregunté antes si sería verdad… Maldito crédulo enamorado. Quizá solo creías que me querías o quizá querías quererme… Pero eso ¿qué importancia tiene ahora? Si ya no estás en mis sueños, ni en mi vida… ¿qué más da?
A veces pienso que es posible que nos reencontremos en el futuro, que seamos amigos o incluso que lleguemos a algo más, a aquello que no llegamos antes, pero luego me paro a pensarlo mejor y… No, no quiero volver a conocerte, de hecho si pudiera volver al pasado quizá impediría que mi yo del pasado te conociese. Dicen que de todo se aprende, pero de tanto tiempo jugando al tira y afloja solo he logrado rescatar una enseñanza de todo esto: “no confiar en nadie”. La verdad, no parece haber sido una aventura muy productiva, me lo podría haber ahorrado.
Mi corazón alimenta tu recuerdo con cucharadas de amargo odio; maldiciéndote por lo que hiciste, pero sobretodo, por lo que no hiciste. Intentando truncar el amor por odio, para pasar luego a la indiferencia total hacia ti.
Ahora sé que te odio y sin embargo te quiero. Lo sé, aun te quiero y eso es lo que me hace odiarte cada vez más.