miércoles, 27 de abril de 2016

La llave mágica de Celina (II)

Segundo capítulo de la leyenda de Celina y su llave:


Celina que, a ojos de todo el mundo, había vuelto de unas largas vacaciones, ya no era la misma. Seguía con su vida normal,  pero sus ojos eran ahora fríos, rara vez sonreía y la inexpresividad reinaba en su rostro.
Todo en su vida se convirtió en efímero: Se rodeaba de mucha gente pero el trato con ellos era demasiado superficial como para que llegasen a considerarse sus amigos, tenía muchos amantes, pero después de una temporada se cansaba y buscaba otros nuevos.

Lo que, al principio, todo el mundo había justificado como reacción por haberse visto abandonada, empezó a ser molesto y criticado hasta el punto de que se la comenzó a conocer como “la mujer de hielo”. Los niños iban a su perta a burlarse de ella, pero ella no se inmutaba, lo cual acabó haciendo que la temiesen. Se llegó incluso a crear mala fama entre las vecinas por acostarse con hombres casados o por los numerosos chicos a los que había enamorado y abandonado, pero a ella nada de eso le importaba; ella solo conocía un AHORA y un YO.

Pasó el tiempo y uno de aquellos días, que para ella eran idénticos unos de otros, dado que los sentimientos no influían en su relevancia, vio en el mercado a un chico que atrajo su atención con sus profundos ojos marrones. Instantáneamente decidió que sería su nuevo amante y no tardó en conseguir llamar su atención.
- Ten cuidado con esa chica. – Oyó Lesmes que le decía la dependienta del puesto frente al que estaba.

No había reparado en que se había quedado mirando a la chica descaradamente en medio del mercado. Soltó una suave risita disimulando su rubor.
- ¿Por qué no?- Preguntó él, como si tal cosa,  mientras se centraba de nuevo en las verduras que había venido a comprar.
- ¿No has oído lo que cuentan? – Él levantó la vista con interés. Claramente no tenía ni idea de lo que estaba hablando, él era nuevo en la ciudad.
- Muchos se han enamorado de ella, han ido a llorar a su puerta, la han suplicado su amor, pero ella… ¡Ni se inmutaba! Dicen que es una bruja que se alimenta del dolor de la gente, pero yo no sé qué pensar. Se la conoce como “la mujer de hielo” por su frialdad. – Decía la mujer con un tono entre el misterio y el chismorreo.
- Bueno, gracias por el aviso. – Dijo mientras pagaba las verduras y se alejaba entre divertido e intrigado. Sin darse cuenta aquella señora había encendido la llama; no había cosa que le atrajese más a Lesmes que un misterio por resolver.

La buscó con la mirada a través del gentío y enseguida la localizó. Le miraba desde la distancia, apoyada contra una de las paredes de la plaza en la que se encontraba el mercado; le estaba esperando. Esto le causó más intriga todavía.
- ¿Cómo sabías que pasaría por aquí?- Preguntó él sorprendido. Y ella se limitó a encoger los hombros.

Tras una formal presentación caminaron juntos mientras charlaban. Cuando llegaron a la esquina de la casa de Celina, esta se despidió ofreciéndole cenar juntos esa noche para continuar con la entretenida charla.

Durante la cena ella parecía sumamente interesada en lo que había traído a Lesmes a aquella aburrida ciudad provinciana. Él habló largo y tendido del trayecto que había hecho y, más brevemente, explicó que unos negocios le habían llevado hasta aquel lugar. Celina se alegró al saber que su estancia no se prolongaría por mucho tiempo (ya tenía demasiados problemas con los vecinos). Su charla continuó alegremente y él quedó en visitarla al día siguiente.

Celina había conseguido crear mucho suspense alrededor de su persona evitando, con elegante sutileza, cualquier tema relevante a su vida personal. Esto, sumado a aquella advertencia de la verdulera, no hizo más que aumentar el deseo de Lesmes de saber más, así que decidió ir a hablar con las gentes de por allí, tenía que investigar y decidió empezar por la primera persona que le había despertado la intriga.

A la mañana siguiente, en el mercado, consiguió más de lo que esperaba:
-      Dicen por ahí que está embrujada, que vendió su alma al diablo o algo por el estilo… - decía la vendedora - Yo la conocía cuando niña. Su madre era amiga suya ¿sabes? y, desde que su prometido la abandonó, hará dos años, no ha vuelto a ser la misma.
-      ¿Prometido? -  Preguntó él, más para sí mismo que a la señora.
- Sí. Tuvo un romance con un muchacho de aquí. Pero creo que la abandonó para irse con otra mujer…  No sé exactamente cómo quedó la historia pero, al parecer, la pobre quedó destrozada. Durante un tiempo no la vimos por aquí; yo imaginé que se había ido a unos baños a recuperar la salud, el humor… Cierto es que cuando volvió se la veía mejor, pero ¡a qué precio! Aquí corren rumores de todo tipo; incluso hay quien dice que ella le mató, pero yo se lo digo, que la conocí cuando era bien pequeña, hasta hace dos años era una chica muy dulce y muy buena, no sé qué le habrá pasado…

Lesmes en seguida se dio cuenta de que aquella chica no era un misterio solo para él; todas las historias que recopiló era parecidas la de la señora: muchas eran rumores semejantes a los que la verdulera le había mencionado, algunos con detalles muy macabros, versiones difamatorias de antiguos amantes o amigos. Todos coincidían en lo mismo: ella volvió cambiada de aquel tiempo ausente tras su ruptura.
Entre todo aquel chismorreo había algunas narraciones de personas con las que Celina ahora  mantenía una relación mínima, o casi nula, pero que en su día fueron importantes: familiares, amigos de la familia o antiguos buenos amigos. Estos a Lesmes le merecían realmente la pena. Recopilaba anécdotas de la niñez de Celina, descripciones de su personalidad (de la que ellos recordaban), historias sobre su juventud, etc. Disfrutaba tanto de aquellas historias como los narradores; que se apenaban mucho de haberse distanciado tanto de ella.

Durante las investigaciones, Lesmes se las había ingeniado para conseguir encuentros, aparentemente azarosos, con ella los días que esta había rehuido su compañía. Alargaba aquellos encuentros lo máximo posible y, durante el tiempo que pasaban juntos, estudiaba con detenimiento cada sonrisa vacía, el perder de su mirada en el infinito, la profundidad de sus ojos…  Este misterio cada día le atraía más y ya no era solo el misterio que la rodeaba lo que le atraía irremediablemente.
A veces, creía ver entre toda aquella fachada de frialdad e indiferencia a la verdadera Celina, hasta el punto de descubrirse admirándola; estaba tan alejada de lo habitual, era tan fuerte, tan decidida… Cuando fue consciente de que le estaba empezando a gustar demasiado, decidió a hacer la segunda cosa que más le gustaba; los retos. Se propuso conseguir que ella se enamorara de él.

martes, 26 de abril de 2016

La llave mágica de Celina (I)

Primer capítulo de La llave mágica de Celina:


Las promesas incumplidas, el sufrimiento, el sentimiento de culpabilidad, sentimientos encontrados de amor y odio, las dudas, la angustia, etc. se condensaban en sus ojos azules en forma de lágrimas. Dolía pensar lo mucho que le quería, lo mucho que le necesitaba y lo lejos que estaba él de quererla y necesitarla a ella.

Ese dolor se fue transformando en enfado, el enfado en rabia y esa rabia le quemaba por dentro, no quería sentirla, porque aún le amaba. Ya no quería amarle, quería dejar de sufrir y no era capaz de esperar a que el dolor pasase. Entonces calló en la cuenta de que no solo no quería sentirlo más, sino que no quería volver a pasar por ello, no podía volver a pasar por aquello otra vez.
No quiso pensárselo dos veces, por miedo a arrepentirse. Cogió su caballo y cabalgó hasta el alejado santuario, donde vivía una pitonisa en absoluta soledad y recogimiento. 
Aquella pitonisa la acogió con la confianza de quién sabe lo que va a suceder:

-Sé que vienes a averiguar cómo alejarte de ese amor que te angustia. –Le dijo la pitonisa. –Tan solo cuentas con una pregunta; piensa bien que preguntarás.

Ella tan solo agachó la cabeza, con los ojos de nuevo empañados en lágrimas.

-Antes de preguntar al oráculo deberás saber que no es posible deshacerse de un sentimiento… Los sentimientos son demasiado complejos, se entrelazan entre ellos. Es posible que en tu intento por paliar tu angustia acabes con toda huella de humanidad en ti ¿Seguro que eso es lo que quieres? No sentirás nada. –La interrogó la pitonisa, siempre sonriente.

Levantó la mirada, sus ojos llameaban de una forma que borraron la sonrisa de la pitonisa.


-Sí – dijo con decisión – si debo arriesgar mi felicidad por no ser infeliz así será, ¿Por qué no gozar? ¡Por no sufrir! Haré mi pregunta: “Oráculo ¿cómo acabo con el sufrimiento de mi corazón?”
-De acuerdo – se limitó a decir la Pitonisa, esta vez seria y, tras una pausa en la que pareció meditar continuó –esta es la respuesta del oráculo:

“Si a Vulcano vas a ver
Una llave te debe hacer
Con la que cerrar tu corazón
Para asegurarlo del dolor”

Casi no había acabado de formular la pitonisa estas palabras cuándo Celina salió corriendo por la puerta del santuario, sabía perfectamente dónde encontrar a Vulcano; las leyendas corrían por todas partes sobre él, así que, sin perder ni un minuto, fue a su casa, hizo un hatillo con todo lo que pensó que necesitaría para el viaje y de nuevo salió al galope hacia su destino. No quiso ni pararse a pensar en lo que iba a hacer, pero había incluido en aquel pequeño equipaje un colgante que aquel al que tanto amó le había regalado con la promesa de un amor eterno y, durante las largas noches que tuvo que pasar hasta llegar a su destino su trayecto lloraba mientras apretaba aquel colgante contra su pecho.

Cuando por fin llegó a la puerta de la guarida de Vulcano había allí un anciano cojo y feo que le preguntó a Celina qué buscaba. Cuando le contestó, él la miró interesado y quiso saber más, ofreciéndola agua y asiento a cambio de su narración. Ella, que estaba cansada del viaje, agradeció la compañía después de tantos días de soledad. Le relató su historia de amor y desengaño con detalles y sin poder evitar emocionarse en ciertas partes del relato. Le contó que había acudido al oráculo para preguntarle cómo deshacerse de aquel dolor que la mataba por dentro y cómo, tras su largo viaje, había llegado a allí en busca de que Vulcano le procurase una cura para aquellos engañosos sentimientos con doble cara.
El anciano, tras haber escuchado la historia completa con toda su atención, se levantó y se presentó como el mismísimo Vulcano y le abrió la puerta de su taller.

Dentro del mismo, sobre su fragua encendida, se podía ver, enganchada a una vara de hierro, enrojecida por el calor, una pequeña llavecita. Cuando ella vio aquello le miró sorprendida, Vulcano se limitó a contestar “te esperaba” mientras se calzaba unos gruesos guantes y agarraba el hierro para sacar la pequeña llave del fuego e introducirla en una tinaja de una especie de agua plateada. La llave chisporroteó al principio, tras unos segundos inmersa en aquel líquido la sacó igual que la había metido y la acercó al fuego, donde giró hasta cerciorarse de que estaba totalmente seca, luego cogió un paño con el que la cubrió y frotó suavemente para pulirla hasta sacarle el máximo brillo, antes de dársela a Celina, que había seguido todo el procedimiento con sus grandes ojos azules, esperando pacientemente y observando cada movimiento desde una esquina del taller.

Una vez acabado el proceso Vulcano agarró la llavecita con los dedos desnudos y se la puso en la palma de la mano, para mostrársela, mientras decía:
-Mira hija, ésta llave te ayudará a conseguir lo que deseas pero, y escucha bien esto que te voy a decir porque es muy importante: deberás colgártela del cuello en el centro del pecho, no más alta. Una vez que la llave toque tu piel su poder llegará a tu corazón, donde sellará tus sentimientos; con esto me refiero a todos tus sentimientos, no solo a la angustia que sientes ahora. Amor, tristeza, alegría… Cualquier otro sentimiento será igual de anulado. Pero, si te la quitas una sola vez su poder se acabará y ya no podrá volver a hacer efecto, aunque te la volvieses a poner no serviría de nada, tiene un poder limitado. Piénsalo bien.

Tras decir esto, Vulcano quedó con la mano extendida y la llave en ella. Celina, por primera vez desde que comenzó su viaje, dudaba. Observaba la llave valorando el impacto que podría tener en su vida cuando, de repente, le vinieron a la cabeza todas aquellas noches de dolor. Todos los días de angustia, ya no solo aquellos del reciente desamor, sino los de toda su vida por distintos motivos aparecieron en su cabeza para darle el empujón que necesitaba.
Frunció el ceño, estaba decidida a acabar con aquello y, de un rápido y brusco movimiento, agarró la llave de la mano de Vulcano. En ese momento, Vulcano, su taller y la puerta de la guarida desaparecieron, quedando solo ella y su caballo en aquel camino empedrado que había seguido hasta la guarida.


Aquella noche, ante el fuego que había hecho en su pequeño campamento, se paró a observar la llave con detenimiento; contaba con una pequeña argolla que le facilitaba llevarla de colgante. Entonces se le ocurrió que podía usar la cadena del colgante que le regaló aquel que tantas promesas incumplidas hizo. Comprobó que la altura era la adecuada a la que le había indicado el herrero olímpico, sacó el colgante, lo apretó contra su pecho por última vez y cerró los ojos para permitirse un último momento pensando en él, luego lo lanzó lejos mientras una lágrima, su última lágrima, resbalaba por su mejilla. Luego colocó rápidamente la llavecita en la cadena de plata, la miró un segundo valorando el buen trabajo que Vulcano había realizado; era una llave preciosa y quedaría muy bien adornando su pecho. “Sí, la altura es perfecta” pensó mientras oía el “click” del cierre en su nuca y, justo cuando la llave tocó su pecho, su angustia desapareció.

jueves, 31 de marzo de 2016

Letras con sonidos de tu voz

Jueves 13-2-2011
Aún no han pasado ni dos días desde que te enterramos y ya te echo de menos.
Hoy estuvimos mi hermana y yo arrancando pedazos de tu recuerdo de toda la casa para meterlos en cajas. No te imaginas cuántas cosas dejaste aquí en tu partida. Ella sabe que aún no estoy preparado para deshacerme de todas esas cosas, por eso, de momento, solo vamos recopilándolas; haciendo pequeñas montañitas de tus libros, tu ropa, tus fotos… No sé qué voy a hacer con tanto espacio en la casa, tú siempre tuviste una gracia innata para llenar cajones, estanterías y armarios de cosas, ahora lo echo de menos.

Viernes 18-2-2011
La recopilación de tus cosas está durando más de lo esperado. Hanna insiste en que será bueno para mí deshacerme de esas cosas; apartarlas lo antes posible para no caer en la melancolía, pero siento que te traiciono y eso lo hace más lento todavía. Cada camisa que cogemos para apilar, cada libro o adorno, me trae miles de recuerdos, y en él está aún impreso una parte de ti, es por eso que Hanna tiene que hacer uso de su paciencia, apaciguarme a veces, y poco a poco, ir alejando de mi todas tus cosas, casi sin que me dé cuenta.
Lo único que aún no nos hemos atrevido a tocar ni ella ni yo ha sido tu escritorio, que sigue con aquel desorden que siempre lo inundó y me gusta verlo así; me hace recordarte de una forma clara: allí sentada, hasta altas horas de la mañana, escribiendo u ojeando alguno de los muchísimos libros que aún están ahí cogiendo polvo… En algún momento tendré que enfrentarme a esa parte de la casa; esa parte que es el trozo de tu alma más grande que todavía conserva este mundo.

Sábado 26-2-2011
Cada noche lloro un poco recordándote. Te echo de menos, pero parece que el dolor, poco a poco, va menguando.
La casa se ha quedado medio vacía sin tus cosas que lo impregnaban todo de alegría. De aquellas cajas, que han ido al trastero con una pegatina “cosas de Carolina”, he conseguido salvar algunas fotos y varios libros, esos libros que aún tienen tu aroma.
He de confesar que a veces enciendo la luz de tu escritorio y me voy a acostar, fingiendo que, un día más, has decidido quedarte allí hasta tarde trabajando y yo te espero en la cama. Sé que parece una tontería, pero me hace conciliar el sueño el pensar que tú sigues por allí rondando y consigo un sueño apaciguado.
Aun así tu escritorio no se va a salvar; ya ayer Hanna me dio una caja, más pequeña que las anteriores, con una pegatina: “escritos de Carolina” y me dijo, con un tono lo más apacible que pudo, “No te voy a meter prisa, pero tendremos que deshacernos de eso también”. He de admitir que al principio me sentó mal aquel "tendremos". Bastante que yo iba a tocar tus textos sin tu permiso, pero ella… Será mi hermana, pero no tiene por qué meterse en esos asuntos. Luego me di cuenta de lo que significaba aquella caja y suspiré… ¡Otra caja más! Parece que todo lo que has sido se reduce a cajas, ya sean de cartón o de madera, todas enterradas bajo una insignia.

Jueves 3-3-2011
Hoy me he sentado en tu escritorio con la idea de comenzar a meter tus diarios, textos, relatos, dibujos y papeles en su caja correspondiente. Sí, me he sentado en tu escritorio, y no he podido evitar el querer leer por última vez tus cosas, para empaparme de ti de nuevo, perdóname.
He cogido el primer papel que he visto y lo he acercado, con una mezcla de miedo y ansia, hacia la luz del flexo, para poder leer mejor. No tenía título, así que he ido directamente a la materia y ahí estabas tú, de repente; resonando en mis oidos. Te sentía a mi lado como si tú estuvieses leyéndome todo aquello… Y he sonreído, he sonreído de nuevo, después de tanto tiempo.

Viernes 4-3-2011
Me gustó tanto volver a oír tu voz de nuevo ayer que hoy he repetido la operación. Casi no he podido esperar a llegar del trabajo para sentarme en tu escritorio a leer. He cogido otro folio; un relato sobre el tiempo, y lo he leído saboreando cada letra, que sonaba en mis oidos como un susurro de tu voz, con esa forma peculiar que tenías de pronunciar la “ch” al decir “chica” o  “violonchelo” y tu suave silbido en las “s” finales.
Los últimos relatos que escribiste no están acabados, no tuviste tiempo para acabarlos, lo cual me causa mucha intriga ¿Cómo querías que acabasen Carol?  Si yo pudiese acabarlos por ti… Pero yo nunca tuve mano para la escritura.

Lunes 7-3-2011
Llevo toda la semana leyendo todos tus relatos, tus historias, tus ensayos y estudios… Luego los guardo en la caja convencido de que han cumplido su propósito: el acercarme por última vez a ti, apaciguar mis temores.
Sigo oyéndote en cada uno de ellos. Las letras en mi cabeza se transforman en sonidos, sonidos de tu voz. Me siento como un músico al leer las diferentes notas musicales con su colocación en el pentagrama. Así de claras van resonando en mi cabeza, con tu entonación según las palabras y la forma en la que están colocadas e incluso escritas. Parece que estuvieses leyéndome solo a mi, como si los hubieses dejado ahí con la idea de poder hablarme desde dónde quiera que estés, para contarme todas esas historias que en vida nunca me leíste. Ahora que lo pienso, quizá fue por eso por lo que nunca me las leíste, quizá estabas plasmando en cada una de ellas tu esencia, para que cuando no estuvieses yo pudiese tenerte de nuevo a mi lado, a pesar de no poder verte.

Sábado 12-3-2011
Ya hace un mes que nos dijiste adiós, y parece que han pasado años… Pero, cada noche me tumbo en la cama con algo escrito por ti, y me recreo en el silencioso sonido de tu voz mientras disfruto de tus historias. Algunas ya las había leído antes, pero nunca me habían parecido tan buenas como hasta ahora, y es que, leído por ti, todo toma otro matiz. Otras, son completamente nuevas para mí, debiste escribirlas en los últimos momentos de tu vida, porque noto esa tristeza que a mí siempre me ocultaste tras una sonrisa silenciosa, ahora ya no puedes hacerlo porque tu tono de voz te delata.

Jueves 17-3-2011
Jamás había estado tan enganchado a una lectura como lo estoy ahora a tu diario. Espero que no te importe que lo esté leyendo, siempre me dijiste que la única persona que podría hacerlo sería yo y… aunque me costó mucho hacerlo, el otro día me armé de valor y cogí el primero; el más viejo.
¿Cómo puede ser que incluso oiga tu voz de cuando eras niña? Estoy seguro de que esto no es casualidad; escribiste un diario para dejar tu esencia en este mundo, estoy seguro, y te confirmo que lo has conseguido.
Me encanta recorrer tu niñez y tu vida, a veces me río y a veces lloro, pero siento que lloro y río contigo. Siento que empiezo el camino de nuevo, contigo, desde tu punto de vista. Me meto en las cosas que cuentas, acontecimientos cotidianos de una niña de entre ocho y diez años, hasta el punto de sentir lo que tu sentías. ¡Ojalá hubiese podido estar ahí contigo, cariño! Todo el tiempo del mundo habría sido poco para compartirlo contigo si hubiese sabido que te iban a separar tan pronto de mí.
Me habías contado muchas veces cosas de tu niñez, pero leerlas ahora con tus propias palabras infantiles, tu caligrafía de cuadernillo Rubio, tus faltas de ortografía garrafales… Ya no solo te oigo, cada vez te siento más, y eso hace que me aficione cada vez más y más a la lectura de tu diario. No sé en qué invertiré mi tiempo cuando acabe de leer todo lo que tienes en el escritorio, pero tampoco quiero pensarlo, aún me quedan cuatro diarios y dos libros: el que dejaste sin acabar y el que por fin acabaste y conseguiste editar (aún guardo un ejemplar en casa y no lo tiraré).
Mi voracidad escuchándote leer en mis oídos, ha hecho que ya me haya fulminado todos tus relatos cortos, es por eso que comencé con tus diarios.

Viernes 20-4-2011
Ahora te entiendo, mi vida, entiendo tantas cosas que antes no...
Todas aquellas noches que te quedabas hasta la madrugada leyendo, todos aquellos días que olvidabas hacer la comida o, incluso, te olvidabas de comer, solo por estar leyendo un libro que te había atrapado. Pero no es solo el contenido lo que me fascina a mí, sino tu voz, que cada vez suena más nítida en mi cabeza ¿a ti te pasaba igual? ¿También oías sus voces?
Tu voz me ha relatado ya toda tú niñez y tu adolescencia, me ha revelado secretos y pensamientos íntimos (admitiré que me ruborizo mucho al darme cuenta de cuán profundo estoy entrando en ti). Ha ido cambiando y madurando el timbre, a la par que tu caligrafía y tu estilo de escritura según han ido avanzando los diarios.
En esta segunda vida que llevo, en la que me sumerjo de la mano de tu sonido en tus diarios, ya tienes veinte años, nos acabamos de conocer, y leo la historia que ya he vivido, recordando detalles, algunos más olvidados que otros, y escuchando atentamente tu versión de los acontecimientos, con todos los pensamientos que tuviste en aquellos momentos, todo relatado con el sonido de una voz que cada vez se parece más a la última que oí en tu boca.

Viernes 20-5-2011
He acabado todos tus diarios, todos tus relatos y el libro que dejaste a medias, ya solo me quedan unas veinte páginas del que conseguiste acabar.
Hanna dice que debería alejarme de estos libros, que no es sano que esté tanto tiempo leyendo cosas que has escrito tú. Ella no entiende que es la única forma que me queda de estar contigo, de oírte de nuevo.  Que he revivido cada paso que has dado en tu vida, hasta el día de tu muerte, que es la única conexión que tengo contigo, que tú me hablas a través de las letras. Claro que no lo entiende, ella no eres tú. Tú me entenderías y apoyarías, a pesar de que me hayan dado un ultimátum en el trabajo porque últimamente llego cansado a trabajar, a pesar de que haya adelgazado no sé cuantos kilos, y ya no me afeite ni me cuide. ¡Qué más dará eso! Tú estás conmigo de nuevo y haré lo que haga falta para conservar el sonido maravilloso de tu voz, el máximo tiempo posible, pero… no sé qué voy a hacer cuando acabe las veinte páginas que me quedan, quizá comenzaré de nuevo a leerlo todo desde el principio.

Un día cualquiera de Mayo del 2011
Dicen que estoy enfermo, que me he vuelto loco, solo porque quiero mantenerme cerca de ti, dicen que no es sano que ya no salga, ni coma y prácticamente ni duerma, que ni sé qué día de la semana es.
La caja que iba a contener tus cosas del escritorio se ha convertido en una mesa transportable que llevo de acá para allá por toda la casa. Leo una y otra vez cada relato, cada diario, escuchándote una y otra vez. Estoy enganchado a ti; estamos unidos de nuevo, de una forma más profunda incluso que antes, y nada nos separará hasta el día en que me muera. Esta vez no.

lunes, 14 de marzo de 2016

Amante de las tinieblas

Este texto lo escribí hace mucho y lo guardaba para hacer unos marca páginas con mi amiga Mamen (la ilustradora de mi cabecera también), pero al final el proyecto no salió y, a pesar de que no abandonamos la idea y algún día lo haremos, de momento os pongo aquí el dibujo y el texto que irían en el marcapaginas (solo se pondría un trozo del poema)

Ya no quiebran la hierba sus pasos,
Ya no emite sonidos su habla.

Ni muerta, ni viva. Sin corazón, ni sangre.
Ella pasea en las noches sin luna,
bella y fría como un glaciar; entre nieblas y rocío.

Alma consagrada a las penumbras;
un ruiseñor es su único testigo,
su lazarillo entre las sombras.

Hermosa y mística se desliza, sin rumbo,
entre bosques y montañas.

La noche acaba, asoma el alba.
La alondra entona su trino
y ella al oírlo escapa.

Ya entre las ramas, la luz se filtra,
alcanzando su piel
y haciéndola desvanecer.

Quedando,  solo de ella,

una brisa que gime.

domingo, 21 de febrero de 2016

Tarros de miel

Hoy es uno de esos días que te levantas por inercia, te vistes, vas a trabajar, vuelves, comes… todo sin ningún entusiasmo. De esos días en los que nada parece tener ningún tipo de brillo especial, ningún sabor: días vacíos.
No tienen explicación concreta, simplemente son así. Días en los que te limitas a seguir la corriente y continuar como un autómata. No todos los días pueden ser especiales, hay que resignarse.

Es en esos días en los que, a veces, me tomo unos momentos para aislarme en lo más profundo de mi cabeza, donde almaceno los recuerdos. 
Reviso cuidadosamente las estanterías, escojo uno de los tarros donde pone "miel" con letras turquesa. Ahí guardo detalles, sin ninguna importancia aparente, que me han hecho sentir especial, que me han hecho volar.
Saco mi bote; lo abro lenta y cuidadosamente y escojo un recuerdo, a veces es el recuerdo quien me escoge a mi.
Aquel momento ya acabó, pero queda su sabor, así que me recreo en él:

Me encanta esta canción; es lenta, pero es bonita. 
Me agarro a él y comenzamos a bailar lento, me gusta volver a sentir el calor humano; realmente lo echaba de menos. Simplemente el calor de las personas, sin necesidad de algo sexual o romántico entre medias… 
No le conozco desde hace mucho, pero eso no importa; me da cariño que es lo que necesito ahora mismo. Seguimos el ritmo de la canción y no hay temor, así que me acerco más y dejo que me abrace. Apoyo mi cabeza sobre su pecho y me dejo de llevar por la música, por el calor humano, por el cinismo que da la libertad del AHORA. 
Me relajo; sé que no pasará nada y eso me hace sentir incluso mejor. Dejo que la música me llene... Mi alma vuela por un instante.


"Hoy no siento ese calor, hoy solo lo extraño" Pienso cerrando de nuevo mi tarrito con un "glup". 

Esta vez el recuerdo me ha dejado un regusto extraño; de melancolía. Miro a mi alrededor. Hoy, de nuevo, estoy sola. En medio de una fría multitud que no sabe del calor de dos cuerpos que se abrazan al son de una canción sin importar nada más. Es por eso, quizá, que mi día hoy es tan monótono, tan aburrido, tan nada…



Vuelvo a guardar el bote; ya he tenido mi dosis. Ahora toca seguir; seguiré, otro día monótono tras otro, hasta volver a encontrarme con un nuevo momento de miel que guardar, con ese algo que me haga volver a sentir viva. Puede ser cualquier cosa, puede estar en cualquier lado, puede aparecer en cualquier momento... Estaré atenta.

lunes, 11 de enero de 2016

Night belonged to us

Aquí vuelvo con el primer texto que publico en este 2016 que, irónicamente, no es un texto nuevo, sino uno que tiene ya casi dos años... pero que me ha parecido adecuado retomar.


La noche me llama ¿la oyes tu también? Quiere jugar con nosotros otra vez…
Me susurra que echa de menos nuestros ecos en su soledad: las risas, los pasos y las charlas de cuando jugábamos con ella ¿recuerdas? Nosotros éramos dos seres nocturnos que acompañábamos a su Luna y ella, nuestra aliada y confidente, era toda nuestra.

Aún la oigo llamarme a través de las paredes; me despierta rogándome que salga a jugar. Yo le digo que no, que no puedo salir a jugar más, que no puedo seguir siendo su compañera, que hay una vida que tengo que sacar adelante y que sin ti ya no me atrevo, pero ella insiste.

Algunas noches me paso las horas observándola desde mi ventana, a través de mi insomnio incurable. Noches en las que no salgo pero charlo con ella, acompañando su vigilia. Otras, ella consigue convencerme y entonces salgo un rato, pero la oscuridad se quedó impregnada de ti y resulta difícil no sentirte en el aire que mece los chopos y hace que sus hojas parezcan purpurina a la luz de la luna, a través de todos los caminos que nos pertenecieron; en los que dejamos la huella de nuestra historia, en cada paisaje que miro a la luz de las estrellas… Así que me rindo y vuelvo a casa derrotada.

No hay un día que no piense en ti y la noche se pasa enfrentándome a ella; a veces yo gano y me deja dormir, otras, me dejo ganar con la esperanza de que también juegue a despertarte y te haya vencido como a mi. Así que, dime ¿la oyes?


Lo único que quiere es tener a sus dos noctámbulos otra vez con ella, aunque sea en la distancia. Así, con este pensamiento, paso madrugadas planteándome si tú también estarás despierto, pensando en mí, porque la noche nos echa de menos, dime ¿puedes oírla?